domingo, 8 de octubre de 2017

III ¿ Huellas del futuro?



                                                     

                                        





Francisco y Sebastiana

Después de los dos intensos días que le dieron a Francisco el mismo apellido que su tía, ella volvió a la casona para ultimar cuestiones que tenían que ver con su futura mudanza y su sobrino regresó al complejo donde vivía. Al llegar al barrio, en el quiosco de la esquina se encontró con la bella chica que se había mudado. Era la tercera vez que la encontraba y acaparaba su atención espectacularmente.  
La rubia, con cuerpo de junco y aire inquieto, le removía rastros de una antigua felicidad que no podía definir. Tanto que entró a comprar cualquier cosa y habló con la quiosquera mostrándose simpático y hablador, rasgos poco característico en él. Sebastiana elegía un esmalte de uñas celeste, quería pintarlas para no comerlas, y no levantó la vista a pesar de los enormes esfuerzos de Francisco. Mientras él decidía que le interesaba mucho, ella compró y se fue del negocio. Francisco tomó conciencia de la atracción gravitacional que había ejercido la chica. Para sus gustos, muy selectivos, y su personalidad obsesiva, era toda una elección que invalidaba al universo de posibles mujeres.
                                       
Hexagrama 18 del I Ching : El trabajo en lo echado a perder. Cuando alegremente se sigue a otros, habrá seguramente negocios. Lo firme se halla arriba y lo blando abajo, suave y manteniéndose quieto: lo echado a perder.
El trabajo en lo echado a perder tiene elevado éxito. Antes del punto inicial tres días, después del punto inicial tres días. A cada término siga un nuevo comienzo.
Al comienzo un seis: Arreglar lo echado a perder por el padre. Habrá un poco de arrepentimiento, en ello no hay ninguna falta debido a la bondad de la intención que en este caso resulta resarcidora

II Pedro y su conexión con el más allá



                                                                  

Un vecino muy particular


Con la muerte de Maira todo el barrio se convulsionó, pero fue Pedro quien se puso a trabajar afanosamente para ayudar a dilucidar el hecho. Si bien lo apodaban “el loco”, era un personaje querido y respetado en la vecindad, sabían que no era mentiroso, y que jamás se podrían objetar sus valores morales. Por otra parte, sus acertados  análisis y pronósticos solían asombrar porque se cumplían con prodigiosa exactitud.
Este hombre tenía  una capacidad  parecida al creador de la Teoría de Juegos,  llevada al cine en “Mente Brillante”. Era poseedor de una habilidad para las matemáticas que denotaba un coeficiente intelectual muy alto, tenía una inteligencia pura que se alejaba positivamente de la  media en la campana de Gauss. Incapaz de mantener un trabajo en forma estable, no solía pasar penurias económicas porque conservaba un lugar significativo dentro de la comunidad.
Pedro, para muchos, estaba hipotéticamente en el lìmite filoso de una patología mental. Sin embargo él aseguraba haber sufrido una abducción en el antiguo puerto Buenos Aires. Seres de Negro, a los que no aceptaba llamar alienígenas, según contaba, lo habían llevado en un viaje a otra dimensión cuando tenía menos de veinte años. Estaba convencido de que las entidades que lo secuestraron no eran para nada buenas, y que logró escapárseles gracias a la creación de una reproducción de él, un clon o avatar que los mismos Seres habían hecho y que por confusión le permitió la huida. Según creía, su avatar permanecía internado en un neuro-psiquiátrico con su nombre y apellido, figurando su edad como de 72 años. Pedro era un par de años menor y hacía más de dos décadas que vivía en Lomas de Zamora, más precisamente en las proximidades de Camino Negro y Rodríguez, con varias mudanzas en su haber que nunca lo alejaron más que un par de cuadras.
Lo indiscutible en Pedro era esa especie de “antena virtual” que le permitía, según sus dichos, estar conectado con el Más allá, obteniendo datos de vaya a saberse qué huellas del futuro. Como si se ubicara en un tiempo y espacio distintos y pudiera trasladarse a su antojo, hacía viajes astrales al mejor estilo de los monjes Zen. Su trabajo, descripto por él mismo, consistía en recabar información para dilucidar enigmas humanos. Un Sherlock Colmes, sólo que Pedro, en lugar de lupa, tenía “una conexión clandestina que le daba acceso a los saberes de los Hombres de Negro”, y hablaba muy en serio.
Después de enterarse de la cruel y misteriosa muerte de Maira esa misma noche logró saber de qué se trataba y  reprodujo el enigma de Einstein con otros datos. En el enigma, que se suponía apócrifo en cuanto a la autoría, había cinco casas y veinticuatro datos para ubicar. La resolución del acertijo, según aseguraba, llevaría a la “otra solución”, a averiguar qué había sucedido con la joven. “Si todo sale bien, podríamos dejar de llorarla”; “a lo mejor el pez es el dueño del barrio y todos somos sus mascotas”, decía a los amigos, que quedaban pensando en el juego de palabras que hacía.
Luego sacó fotocopias, trescientas, que iba a repartir entre los vecinos, sin confiar demasiado en que lograran resolver el problema. Según las estadísticas, menos de 2% estaba capacitado para llegar a la solución. Pocas personas, en el mejor de los casos, podrían saber en cuál de las casas tenían como mascota a un pez. Esa era la incógnita, pero que encerraba otra verdad y tenía que ver con la querida Maira, que, como Tamara, creía  viva. Pedro suponía, sin razón cierta, que quién pudiera llegar a resolverlo tendría, además de la inteligencia, el valor como para ayudar en una causa tan delicada.


Hexagrama 23 del I Ching: La desintegración significa ruina, no es propicio ir a ninguna parte: los vulgares crecen. Sin embargo el nueve al tope significa que hay todavía un fruto grande que no se ha comido: mientras que el noble obtiene un carruaje, al vulgar se le derrumba la casa.

                                                                     

viernes, 6 de octubre de 2017

El barrio que se mueve



I
La muerte de Maira
Los Lòpez, la madre y los cuatro hermanos

Con la tarde se empezó a adentrar el frío del otro lado de “Camino Negro”. En el terreno cercado, gracias al alambrado que pagó “el Toti”, los perros chumbaban alocados. En la casita de ladrillo que ocupaba el antiguo perímetro de la casilla de cartón-madera llena de huecos por donde entraba el frío, el agua y la miseria -con los que habían lidiado denodadamente Toti, como hijo mayor, la madre y los cuatro hermanos- la tragedia supo colarse por algún agujero no cerrado. Maira, su hermana menor y única mujer, había muerto incomprensiblemente. La iban a enterrar sin siquiera saber si era ella…
La encontraron incinerada dentro de un auto en la villa pegada al Riachuelo, casi llegando a puente La Noria. Su madre apenas pudo reconocerla por los arreglos en los dientes y el anillo de casamiento. En cambio Toti y los hermanos no estaban dispuestos a creer en la muerte de su hermana. No por el momento. Quince años eran muy pocos, y no creían… De manera casi irracional esperaban otra oportunidad para desmentir su muerte. Maira estaba embarazada del dueño de los cyber, situación que llenaba de dudas a sus hermanos acerca de esa paternidad. No así a su madre que, en definitiva, veía con alegría que su hija hubiera podido “ubicarse” aceptablemente. La familia López iba a velar también al futuro nieto y sobrino: el primero.
En un barrio pobre, de murgas, gente desocupada y mucha delincuencia, siempre hay brujas que adivinan lo que pasó, lo que pasa y lo que va a pasar. Este era el caso de Tamara. Desde su nombre de bruja, su gato negro sin más, sus raíces tehuelches y su aquelarre místico ecléctico, adivinó lo que sucedió con Maira, como era de esperar.
En una pieza de chapa donde convivían sin protestar el Gauchito Gil, San Jorge, una imagen de Buda, un Sagrado Corazón y una foto de la Madre María encuadrada, enorme y amarilla con marco recién pintado en color oro, conjuraba a los espíritus que hablaban por su boca en un trance que a veces duraba hasta diez minutos.
 El más chico de los López corrió hasta su casa con una foto de su hermana y la rebeldía ahogada por el llanto. Tamara, tomó la foto y confirmó la inminencia de la tragedia, “estaba en un grave problema esa chica, casi sin salida, pero con esfuerzo y algunos trabajos podría dar a luz una hermosa niña”.
-Pero si esta muerta… –Balbuceo el hermano menor con los mocos llegándole a la boca…
    -No, no puede ser. - Retrucó Tamara con la seguridad de una visión.

La bruja volvió a tirar las enormes cartas de tarot que estaban acorde con su importante contextura. Sin perder la calma, mientras renovaba las ofrendas en una ceremonia sui generis, prendió el ventilador de techo para que diera lentas vueltas -de esa forma bajaba el aire calentado por la estufa- y se sentó nuevamente en el formidable sillón forrado de terciopelo rojo, ennegrecido y grasiento por el uso, que fuera un regalo de alguien muy importante, un político.

     - No esta muerta, hay un error o una gran simulación, tu hermana no esta muerta. –Sentenció la bruja.










III Sebastiana y una nueva vid



Sebastiana se muda: la nueva vecina de Francisco
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Sebastiana había ganado una  considerable suma de dinero jugándole al 32. La tarde anterior, una joven gitana logró sacarle sus últimos 100 pesos adivinando su triste presente  y un  futuro en el que le auguraba un gran amor. La dejó entre lágrimas y sin plata, pero  cuando se despedía  le había profetizado el número ganador: “jugale al 32 todo lo que puedas…” Sebastiana le hizo caso  sin creer: ¿cómo iba a decirle esa chica gitana el número que iba a salir, si tenía semejantes dones para qué necesitaba  leer manos?   La verdad fue que la misma gitana no sabía que estaba acertando. Había dado  en el blanco  en un intersticio  producido por el encuentro con Sebastiana. En el acercamiento de estas dos chicas se creó, en forma circunstancial y efímera,  una  comunidad que empoderò a la adivinadora.
El palpitar del barrio se asomó por la ventana. Todo era color y energía en Camino Negro y Rodríguez. A las diez de la mañana la gente hormigueaba  saliendo o entrando. El sol iluminaba alegrando el departamento recientemente alquilado. “Acabo de comenzar un nuevo ciclo”– se dijo Sebastiana para sus adentros. Estrenaba un hogar donde había algo nuevo y algo viejo, algo azul y algo prestado. Había encendido una vela en un altarcito improvisado y estaba sobre la mesa una excelente cámara de fotos, última generación, prestada por su tío, para despuntar la distracción con su hobby, en circunstancias que  no le eran sencillas de superar.
Su departamento se ubicaba en los monobloques, donde la inseguridad se había hecho habitual en lo que en otros tiempos fueron descampados que prometían progreso. Verdaderamente Rodríguez y Camino Negro había mutado en las últimas décadas. Sin embargo para Sebastiana, que vivió su infancia allí, por conocido, era lo seguro.
“Curar las penas”- se dijo y rezó delante de la Virgen.Su casamiento frustrado había determinado que las cartas se barajaran y se volvieran a repartir.
En la parroquia  le propusieron entregarle por cinco días una imagen itinerante de la “Rosa mística”. Medía ochenta centímetros y era sencillamente bella, con tres rosas en su pecho y un halo espiritual que la hacía realmente conmovedora. Ella construyó un altar donde iba a repetir lo que debía llevar una novia, como lo que había hecho para su nuevo hogar. Compró un ramo de flores, prendió un sahumerio de incienso, pidió prestada una carpeta de ñandutí a su mamá, y le puso su rosario a la Virgen, el mismo que también había sido  el de su madre y su abuela, el que iba a llevar al altar si todo hubiera salido bien.
 “Veinticuatro años no eran muchos, o si…” -Dudó. Todavía se sabía atrapada en un mundo anterior. Un mundo donde alguien la esperaba llegar vestida de blanco del brazo de su tío, en una iglesia perfumada con aroma a azares y rosas, y para coronar: una gran fiesta cuidadosamente preparada. Quizá la parte que más la fascinaba de esa historia era su vestido blanco. El vestido de novia atemporal y romántico que tenía un diseño recreado de viejas revistas, los “figurines”, mucho más antiguos que los Bourda, y que eran patrimonio heredado de su abuela modista. En la cabeza hubiera llevado un increíble tocado con una magnolia. En la mano sólo el viejo rosario familiar y otra magnolia. El vestido le había costado mucho esfuerzo y dinero. El corsé fue bordado con piedras por sus tías maternas que habían oficiado de hadas madrinas para el evento. Cuando lo probó por primera vez no pudo contener el llanto: era  lo que había deseado…
El casamiento no era una necesidad, significaba un sueño. Con una distinta postura que la de su madre y su abuela, se había atascado en la misma quimera. “Un sinsentido”, pensó, pero que le seguía doliendo como duelo nada sencillo de resolver: el de las ilusiónes
Sebastiana había estudiado una carrera corta, diseño y decoración de interiores. Su extracción social le impedía emprender la carrera de arquitectura, demasiado larga y costosa. Se había recibido con las mejores notas mientras trabajaba en su propio Cyber, a pocas cuadras de su casa, montado gracias a un dinero que había recibido por un juicio laboral de despido. Nicolás, su novio, sin aportar otra cosa que la aprobación a sus ideas y el acompañarla en una sociedad machista, pasó de inmediato a ser “el dueño del Cyber”, por su sola condición de ser hombre y por haberse mudado al entrepiso del negocio que acondicionó para vivir.
Sebastiana no podía negar su corazón herido. El hombre con quién iba a casarse en un par de meses, dueños ambos de tres Cybers -dos más creados por ella gracias a su fuerte espíritu emprendedor en una expansión tan audaz como beneficiosa-  había dejado embarazada a una menor de sólo quince años, con la que mantenía una relación poco clara. Nicolás, entre una denuncia penal o el casamiento, había elegido llevar al registro civil y al altar a la quinceañera.
A Sebastiana, con cinco años de noviazgo, la situación  le resultó increíble cuando se develó. Quizá una parte de ella lo sabía, pero lo negaba con tozudez… Nicolás era su primer novio y creció con ella. Sin embargo ya no le resultaba confiable, a tal punto que en un acto de lucidez había establecido ante escribano público que los Cybers eran de ambos, ya que ella, habiendo puesto el capital, la visión y  el trabajo, no figuraba en nada.
Sebastiana rumiaba sus pensamientos tratando de digerir lo impensable desde su negación. “Nunca era ella la que hablaba de tener hijos, y hasta la extenuaba la idea después de haberse tenido que hacer cargo de sus hermanos menores, Nicolás, en cambio, quería tener seis y vivir en un pueblo de la provincia, proyecto que para nada la seducía”.
“La cuestión no pasaba por Nicolás” -Sebastiana prosiguió haciendo un “mea culpa”- “Habían sido muchos los indicios y  pistas que dejaba, las cuentas no cerraban y él había cambiado demasiado. El carácter de Nicolás se había tornado agresivo, tanto que muchas veces sentía que había dejado de amarlo. Sin embargo esta situación había quedado silenciada hasta para ella misma. “Todo por el bendito casamiento: una total estupidez…”- terminó auto incriminándose como corolario de sus pensamientos.
“Dejaría atrás lo antes posible el pasado.” Minutos más tarde su mamá tocó  el timbre del portero  para contarle que el matrimonio gay era un hecho. Un motivo para festejar. Su familia había sido fuera de la norma, su padre había muerto cuando ella era pequeña y fue “el tío José” quien los ayudó a que sobrevivir haciendo de padre, y muchas veces también de madre. José no era pariente de ellos, pero había pasado a pertenecer a su familia, que fue enteramente funcional a partir de su llegada. La incorporación de tío José fue  azarosa y tuvo que ver con una mirada piadosa de Dios reconociéndolos muy desamparados, a ella, a su mamá y a sus  hermanitos. José era homosexual y no cabía duda de que había sido el hombre más bueno y más querido que hubiera podido existir jamás: el mejor del mundo.
Poco tiempo después apareció en el departamento José, con una flor en la oreja, festejando la aprobación de la ley. No porque pensara en casarse, aclaraba José, sino porque era borrar, en gran medida, el estigma discriminatorio que tuvieron que sufrir todos, a pesar de tanto amor. Sebastiana abrazó  a José y se dio cuenta que  había hallado al responsable de abonar sus ideas bizarras sobre el casamiento, el vestido y la fiesta: “…José, el entrañable José.”
Empezaba a sentirse mejor, el día era hermoso, puso la Traviata de Verdi, y le sobrevino una sensación de felicidad. Sabía que haría que un par de vecinos suyos amaran la ópera. “Es cuestión de escuchar y nada más… El gusto por la ópera también era influencia de José. Una buena influencia…”, pensó.
Mientras se bañaba sonó su teléfono, y saltó el contestador. Al reconocer la voz de Nicolás salió de la ducha y escuchó lo que iba a dejar grabado: “Tengo una importante noticia para darte, aunque triste y sorprendente… Maira murió. Soy viudo, y por lo tanto libre. Si me podrías perdonar nos casaríamos lo antes posible, te amo como siempre, y espero tu decisión…”
Sebastiana volvió a escuchar el mensaje y como respuesta corrió al baño y vomitó el desayuno. Ya no sentía amor por Nicolás sino asco.

Hexagrama 59 del I Ching: Disolución significa separarse, dispersarse. “Ellos ahuecaban troncos para hacer barcos y endurecían maderos en el fuego para hacer remos.”

sábado, 30 de septiembre de 2017

II Los Montes



                                                   
Los tres hermanos: Herminia, Joaquín –padre de Francisco- y Aurora

Si se quisiera buscar determinantes en la historia de los Montes, se debería encarar al destino y a la hermana mayor, Herminia, que recibió, con escasos quince años, todo el peso de un mandato familiar. Todo lo sucedido fue una intrincada trama que imbricó, a lo largo de los años, a unas pocas personas y a sus familias.
Muerta la madre a los pocos días de parir a  Aurora, deja a la deriva a los tres hermanos, Herminia, una adolescente hermosa y responsable, Joaquín, el único varón de tan solo cinco años y la recién nacida.

 El padre, con la muerte de su mujer, se corrió de su centro, se enajenó,  y  comenzó a viajar, haciendo  su aparición en la familia sólo para diciembre. Los hermanos quedaron huérfanos de madre, pero también de padre, con esa otra orfandad que determinó su ausencia en el momento que más se lo precisaba. El viudo, despues de la muerte de su esposa, había pasado a ser un personaje de ficción para sus hijos, una especie de Papá Noel que venía a verlos en las Navidades.

 Herminia, con diferencia notoria de edad con sus hermanos, había sido guía y faro de una familia fragmentada. Perteneciendo a una oligarquía terrateniente, la soledad de los tres chicos erigió a la hermana mayor en mascarón de proa hacia la supervivencia. Esa tarea ilógica para una adolescente fue el motivo de que perdiera, en parte, su sensatez. Con sólo quince años y todo el personal que quisiera a su cargo, era la única e inapelable autoridad. De esta forma Herminia ejercio un poder despòtico y autoritario sobre la casona y las nanas que cuidaron de sus hermanitos

Finalmente, a poco de cumplir los noventa años, Herminia había muerto  luego de que se rompiera la cadera intentado cambiar una bombita de la gran araña, y lo había hecho sólo por bronca o disgusto, cuando se enteró que Don Ernesto continuaba enfermo y no vendría a trabajar por otra semana. Había dicho esa misma mañana antes de subir a la escalera: “toda enfermedad tiene un límite y Ernesto nos está tomando el pelo”.

Don Ernesto, además de ocuparse de todas las tareas como un buen gerente familiar, era amante de Herminia desde hacía cinco décadas, situación que no había impedido que se  casara y que tuviera sus propios hijos. Herminia, por su parte, favoreció ese matrimonio. Lo quería sólo como amante, ya que la prohibición creada por ella y que los condenaba a la soltería - no debían tener pareja ni formar una nueva familia- regía sólo para los tres Montes.

La hermana mayor, con una visión miope de la realidad y un trastorno obsesivo compulsivo que la acompañó durante toda su vida, había decretado, sin razón lógica, que reconocerían a Francisco después de que ella estuviera muerta. Según el pensamiento de la nonagenaria, con este pacto fraternal, alejarían a todos de la desgracia. Según sus mandamientos ninguno de los tres debía casarse ni tener hijos, pero lo de Joaquín con la mamá de Francisco, muchos  años menor que él, fue interpretado como un accidente que todos debieron pagar con un sufrimiento inmerecido. Accidente y no desobediencia, la atracción amorosa estaba más allá de lo que se podía controlar, de lo que Joaquín pudo decidir, porque jamás se hubiera atrevido a cuestionar las “órdenes” de su hermana  mayor.

Aurora, cuando se produce el encuentro con Francisco para el reconocimiento identitario legal, era una mujer lúcida y coqueta con características juveniles. De estatura mediana, con setenta y pico muy bien llevados, si hubiera sido por su voluntad hubiese llevado el apellido desde un principio. Pero ella era la artista de la familia, y quién disponía era su hermana Herminia, siempre categórica sobre la vida de todos. Aurora, muerta Herminia, con toda la pena que la ausencia de su hermana mayor le causaba, llegaba paradójicamente liviana a lo que siempre había soñado: reparar el derecho vulnerado de Francisco.                 

Hexagrama 40 del I Ching: Las cosas no pueden permanecer constantemente en medio de impedimentos.. Liberación significa distensión. Cuando se liberan el Cielo y la Tierra, se elevan el trueno y la lluvia. Cuando se elevan el Trueno y la Lluvia estallan las cáscaras de los frutos, hortalizas y árboles. Grande en verdad es el tiempo de la liberación                                                                 

viernes, 29 de septiembre de 2017

Panoramas internos



                                                   

                                         
Francisco y tía Aurora





Camino Negro y Rodríguez. El sol iluminaba y calentaba la mañana de invierno como una pequeña hornalla. Los vecinos iban y venàn en el  complejo de viviendas del sur del Conurbano bonaerense que, construido en tiempos de la ùltima dictadura, albergaba a cientos y cientos de personas.  

 El complejo, emplazado en el límite de un barrio de chalecitos para ferroviarios,  marcaba el advenimiento de una nueva època. Mientras las casitas de los ferroviarios pertenecían al sueño de una comunidad obrera, los departamentos, levantados primero de a seis y luego en cinco grandes edificios, determinaron una configuración social distinta.

La terminación del complejo, monobloques incluidos, coincidió con la modificación del proyecto de país que impuso la última dictadura militar. Se abandonaron los intentos desarrollistas de las décadas anteriores y se retomó la fórmula agro-exportadora como única modalidad para la inserción económica  de Argentina a nivel mundial. En un contexto de destrucción del trabajo, con la extinción de las industrias nacionales, muchos de los nuevos departamentos fueron otorgados a la mano de obra contratada por los militares  para la “tarea sucia”.

Yuxtapuesta  al complejo , lindante calle de por medio , estaba la tristemente célebre comisaría conocida como “El pozo de Banfield”, que fuera una cárcel clandestina. Un “chupadero”, en lenguaje de jerga, que se eregìa como centro de tortura y desapariciones durante la dictadura, y era desde dónde partían los presos políticos a los “vuelos de la muerte”. De hecho, los que se encargaban de “acompañarlos” en este destino final en el que morían adormecidos y tirados al ancho rìo marròn, vivìan en el complejo con departamento adjudicado como premio. El “no saber” protegía del espanto a las familias de estos policías. Lo macabro era que el ahogo de los empujados en semi-conciencia al Rìo de la Plata desde los aviones era contado por las familias de estos policías casi con naturalidad: “el trabajo de mi marido es trasladar en avión a los presos políticos de un lugar a otro…”En el relato dudoso se escondìa la intuición de lo siniestro,  

Estos acontecimientos que forman parte de lo anecdótico,  ayudan a entender las mutaciones ulteriores que tuvo la vecindad. Quizá puedan ser considerados como un punto de inflexión, como el huevo de la serpiente, que hizo que el barrio deviniera en otra cosa –mucho mas oscura por lo generalizada, si es posible categorizar de esa manera- cuando en los 90 se instaló la droga y todo se transformó en violento y peligroso sin enemigos reconocibles. Fue entonces que la delincuencia pasó a ser una “salida laboral” para los jóvenes y adolescentes,  ser policía o ladrón era prácticamente lo mismo, al menos así lo cuenta la historia. Un par de años más tarde, en la mismísima comisaría de “Centenario” fue encontrado un enorme cargamento de cocaína, que funcionaba como depósito “narco”.
Sin embargo, por una extraña y poco comprensible condición humana, era raro que los habitantes dejaran la vecindad, no lo hacían aún si podían tener posibilidades de mudarse a un sitio mejor. Ese fue el caso de Francisco. Por otra parte, es importante reconocer que los vecinos, de tantos años de hacerse los ciegos, sordos y mucos, viviendo con las persianas bajas porque estaba en juego la propia vida -a pesar de escuchar la llegada de los camiones militares y los gritos desesperados de los detenidos- hicieron que creciera  una solidaridad oculta y subterránea, singular, que actuaba como red barrial de contención invisible frente al horror.
Francisco, con veinticuatro años era el dueño de uno de los chalecitos que fuera legado de sus abuelos maternos. Luego de que muriera su madre, y para no dejar el barrio que lo vio nacer, se había mudado a uno de los departamentos de los edificios. Hosco y  distante como presentaciòn regular  ante sus vecinos, esa mañana, cuando se dirigió a la remisería para que lo llevaran hacia el lugar de cita con su tía, saludó con afabilidad.  Era el día elegido para iniciar la reparación de una deuda identitaria largamente sufrida. Su vida iba a  dar un giro copernicano.
En el aeródromo de San Isidro la avioneta comenzó el aterrizaje como un pequeño pájaro  hasta que finalmente se estacionó en la pista y tía Aurora apareció. Impecable, con un tailleur rosa chicle y un coqueto sombrero, sonreía. Con su silueta pequeña recortada sobre el celeste límpido del cielo emulaba a las reinas europeas. Aurora descendió del bimotor y se confundió en un abrazo con Francisco. Era sencillamente excéntrica y bien podía lucir enfundada en un overol azul de trabajo cuando se dedicaba a hacer arte, o vestirse con campera de cuero para manejar su moto. La elección de ese día tenía que ver con lo inaugural del reencuentro con su sobrino: era una fiesta privada de los dos. El sombrero, digno de ser usado por la realeza, era una delicia confeccionada “ad hoc” para la ocasión, con un diminuto y estético pájaro. Había sido realizado en una sombrerería del barrio de Congreso, negocio del que su familia era cliente desde siempre.
Ella era su única tía y él su único sobrino. Ambos, sobrevivientes consanguíneos de familias muy poco extensas. Francisco era el hijo Joaquín, el hermano de Aurora, y la que fuera la hija de la cocinera de la familia. Resultado de un  amor genuino, se iba a convertir en legítimo heredero de la  fortuna familiar paterna. Eran  dueños del pueblo de Montes y de los miles y miles de kilómetros cuadrados de pampa húmeda circundante, ahora teñidos del color de la soja, además de otros valores, quizá aún más importantes, que mantuvieron a la familia dentro del estrato màs alto.
Los rulos, característicos de los genes que arrastraba el apellido que no llevaba hasta ese momento, y los ojos de gato, lo ponían frente a frente en un reconocimiento mutuo con su tía. Una cuasi “aristócrata” sudamericana y un “mestizo social” de la vera de Camino Negro -aunque, para hacer honor a la verdad, ninguno de los dos encajaba dentro un encasillamiento fácil- iban poner fin a una espera prolongadamente padecida.
Ese bebe, ese nene, ese adolescente y luego ese joven siempre se había parecido a Aurora a través del tiempo. Parecido asombroso porque tenía, además de su fisonomía, sus gestos y la misma visión de realidad,  excluyente para todos los demás. Podían reír hasta lo inimaginable de situaciones que para todos pasaban imperceptibles. Se tenían el uno al otro y eso  significó un bálsamo frente a  situaciones difíciles de la vida.
Un lujoso auto los esperaba mientras el cielo trasmutó de celeste a plomizo anunciando una tormenta. A medio camino se desató un viento furioso y luego una lluvia torrencial. Mientras el Mercedes parecía deslizarse como una burbuja en medio del temporal, Francisco sonrió y tomó la mano de la tía, era la misma que le hiciera tantos regalos y que lo llevara tantas veces a pasear. Disneylandia,  Inglaterra para recorrer el Liverpool natal de los Beatles, además de los insólitos viajes en vacaciones de invierno y verano, como ir a Alaska, para conocer las tierras de “Colmillo Blanco”. Esa noche se alojarían en el Hotel Alvear y a la mañana siguiente resolverían los temas legales en el estudio de abogados: antepondría al suyo el apellido Montes.


        

sssssshhhhh esta es mi novela que solamente leyò Elsa,,,



 A mis queridos hijos y  nietitos
A mis queridas amigas
A mis muy queridas mascotas peludas que siempre me alejaron de la tristeza