domingo, 16 de noviembre de 2008

Sopa otra vez...

Cabellos de ángeles sin sueños…Quiero abrir los ojos y me vuelvo a sumergir en el líquido tibio ligeramente aceitoso. Nado al lado de un fideo. Puedo reconocer que, como Sísifo, retomo el cuento una y mil veces. En vano trato de ponerle fin al trabajo que me hace transpirar y no logro más que revolverme en la cama. Vuelvo a hacer el esfuerzo de despertar. Otra vez sopa…

Me creía a salvo, quizá por la vana esperanza de que el deseo esté regido por las hormonas y las mías siguen una curva descendente. Animal raro el humano y los cincuenta marcan un punto de inflexión, o no…, a lo mejor los puntos de inflexión estén a la vuelta de la esquina… A decir verdad, yo vi al Aleph cuando comencé a chatear, hace poco, muy poco… Ahí lo conocí, en una sala virtual.

El enamoramiento es un traje que todos guardamos en el propio placard hasta el día de nuestra muerte, hoy lo sé, el mío estaba bien guardado, tanto que había olvidado su existencia. Soy soltera, profesora de historia, gran lectora y amante de la naturaleza y el arte. Confieso que siempre pensé que encontraría pareja, al menos hasta los cuarenta, después de perderme en un amor perdido. Luego enfermó mi madre y estuve largos años cuidándola. Lo demás, una buena vida, no hay por qué seguir los cánones establecidos para ser feliz, nunca sentí el no tener hijos, los alumnos me bastaron, por otra parte creo estar un poco anclada en mi propia adolescencia, por eso me llevo tan bien con ellos… Me reconozco idealista y algo extremista, me cuesta aceptar los grises.

Con Gustavo, así se llama, empezamos una fuerte relación hace tres meses. Todo era virtual hasta la tarde de ayer. Sabía todo de él, pero él era otro. Cuando lo conocí su voz…, sus fotos…, no era él. Lo ví más petizo de lo que me imaginaba, era más pelado y más viejo, en fin, una gran decepción… Un error. Traté de explicarle, sin herirlo, que me parecía que nuestra relación no funcionaría en la realidad, que éramos dos espíritus afines, dos almas gemelas…, y esa era la razón por la que nos llevábamos tan bien en la virtualidad. Por toda contestación me tomó desprevenida y me besó. Un beso, digamos, prudente. Traté de conservar la amabilidad y le dije que lo seguía apreciando pero que no, que no iba a poder ser… Me levanté y me fui.

Hasta ahí, la desilusión pero lo más terrible fue descubrir, casi en el mismo momento en que subí al subte, que mis labios sentían y que me había gustado el beso de un Gustavo corpóreo que no me gustaba… Luego vino la noche mal dormida y este trabajoso despertar… Suena el teléfono y por fin vuelvo. Es Gustavo...

Finalmente despierta y en el mundo tengo una decisión tomada: adaptar el traje de mi placard para este hombre. Y para el que diga que el enamoramiento es sólo una cuestión adolescente, que revise la Historia Universal, o en un gesto más posmoderno, aplique la Ley de la probabilidad a las historias particulares de los humanos! Después de eso, si se considera completamente a salvo, que tire la primera piedra!

martes, 16 de septiembre de 2008

Lifting

-Baaatmaaaaan, opéreme!!!! , pedían desesperadamente las mujeres y tenían razón. Pensó en su cara, ya no iba bien con el nuevo siglo, empezaban a no respetarla… Todo se había ido cayendo, mustiamente, bajo la fuerza inexorable de la gravedad… “Envejecer con dignidad”,qué estupidez…-pensó- La frase resultaba tan incomprensible como hablar de proletariado, de gustos burgueses y de Revolución…

Se acercó a la casa y tocó timbre. La recibió una señora de edad indefinida, con rostro estirado y colágeno en los labios que la hizo pasar. Para su asombro, cuando creyó encontrar un consultorio atestado, esperaba sola. La casona inglesa debió ser imponente en otro tiempo, lo decían las esculturas de mármol de dos angelitos de un metro de tamaño que flanqueaban el sillon verde de terciopelo de tres cuerpos. Después de un rato se abrió la puerta y salio una mujer que parecía tener su misma edad… El médico la hizo pasar, era joven, afable y tenía una leve cicatriz de haber padecido labio leporino.

El médico le explicó detalladamente cómo sería la operación… Harían un escisión alrededor de las orejas, se las despegarían literalmente, y reposicionarían los músculos caídos, luego levantarían la piel, estirarían y cortarían el excedente de la cara y el cuello… Duraría tres horas, más o menos, y quedaría muy natural. Esa era precisamente su duda y el medico se comprometió a garantizarle los resultados: nadie se iba a dar cuenta de que se había hecho una operación estética.

Cuando volvio a su casa se encontró con Julio Cortázar en el canal Encuentro. Mientras el español le hacía la entrevista, Cortázar fumaba sin pudor. Era ese gesto, nadie, hoy por hoy, se hubiera atrevido a hacerlo frente a una cámara. Decididamente eran otros tiempos, pensó, y fumar en público era una buena señal, estaba bien visto…

Estaba convencida aunque tenía un poco de miedo, si bien había más de una razón para hacerlo. Su naturaleza adaptativa y su convicción de supervivencia siempre la guiaron por buen camino, era lo suficientemente inteligente y sabía que para acompañar a los nuevos tiempos debía adherir a la cultura que había erradicado a la vejez y a la muerte. Se sabía valiente y mientras viviera evitaría a toda costa los exilios impuestos: Estaba decidida a seguir perteneciendo . La inclusión en el nuevo mundo del presente eternizado no era una opción, sino una necesidad.

Un mes después, cuando todo había pasado, en los negocios parecían tratarla con más amabilidad y la gente conocida que la cruzaba repetía el mismo elogio:” te veo más contenta, más optimista”. “Menos mustia”, contestaba, burlona, para sus adentros.
En el fondo se sabía inmodificable. La dignidad seguía siendo un valor y un principio, sólo que ahora aparecía yuxtapuesta con una cirugia facial. Cambios a lo gatopardo para seguir siendo la misma!, pensaba, y se sentía en realidad Circe preparando un bombón para ofrecerle a la posmodernidad: “Que vivan las cucarachas!!!”

miércoles, 7 de mayo de 2008

Física cuántica debajo de un asiento de la línea A

I

Si hay algo realmente fascinante en este mundo es viajar en subte. Claro que no podrán darme la razón los capitalinos que sufren al subir a vagones atestados en horarios pico y por sobre todo, aquellos, la gran mayoría, que se aletarga en “rumiaciones” poco gratas del pensamiento mientras viaja. Yo soy del Gran Buenos Aires, y me ubico en el extremo de la campana de Gauss, feliz por cierto, de los que tienen, raramente, mayor sensibilidad e imaginación frente al paisaje de la vida. Leí una vez un libro que era de mi padre: “La tierra hueca” y contaba de la existencia de un mundo subterráneo en las entrañas del planeta, algo así como si la superficie terrestre fuera una cinta de moebius y en el adentro-afuera hubiera otro cosmos… Siempre me interesaron las estrellas y los “mundos”, fui astrónomo aficionado aunque mi abuela insistía que era su culpa, por haberme dicho tantas veces que mi mamá, después de muerta, estaba en una estrella. Creerán que soy un hombre mayor, pero no es así, tengo apenas 30 años, soy soltero y tenía una fuerte convicción de seguir siéndolo, claro que esta situación fue hasta hace muy poco tiempo, antes de que sucediera…

Paso a contarles, subte de la línea A, cuatro de la tarde, día domingo, estación Río de Janeiro, en la próxima bajaba para ir a comprar un póster de Evita para regalar a mi tía abuela en el día de su cumpleaños. Debajo de uno de esos bellos asientos había una caja de cartón de mediano tamaño que me llamó poderosamente la atención, y esa fue la razón por la que me senté allí. En la estación, cuando se silenciaron los demás ruidos típicos de la línea A, escuché que desde adentro de la caja raspaban vigorosamente…

La cobardía no es uno de mis defectos así que, ahí nomás, me dispuse a abrir la caja y me encontré, para mi asombro, con un gato demasiado manso para mi gusto, joven pero adulto, que dejó que lo levantara, se acomodó inmediatamente y comenzó a ronronear… Los gatos fueron el sino de mi vida hasta que decidí emanciparme y comprar un departamento. Los gatos eran amados principalmente por mi mamá y mi abuela, aunque después me di cuenta que mi papá, en Bruselas, donde se fue a trabajar cuando quedó viudo y nunca más volvió, también tenía tres gatos. Los mismos longevos gatos que conserva casi veinte años después y representan toda su familia. Tenía que bajar así que descendí en Acoyte sin caja, pero con un gato en mis brazos.


II

Mientras caminaba la cuadra hasta llegar a la feria y pensaba qué haría con mi nuevo hallazgo, cosa curiosa, unas chicas como de unos veinte años me detuvieron para ver mi gato tricolor, y fue ahí que me di cuenta, entre las preguntas que me hacían y que me incomodaban bastante, aunque sabía de su buena voluntad, que tenía una cinta o algo así.

-No, no es mío
-¿Qué hermoso es gato o gata? –¿Está enfermo? -¡Qué divino!

No sé muy bien qué contesté porque en realidad soy bastante tímido y estaba muy incómodo. Creo que a esa altura ya me había adueñado del gato, había decidido quedarme con él, porque, justamente, me había llegado sin haber sido una posibilidad de elección - en la que habría dudado hasta lo indecible y hubiera contestado que no, porque no tengo espacio, trabajo todo el día, etc, etc…-. Claro que unos metros antes de leer la chapita que colgaba de su cinta: Micaela, ahí me di cuenta que era gata, y un número de celular.

III


Compré el póster y marqué el número de teléfono, del otro lado contestó una voz masculina que dijo que se estaba mudando, que había olvidado la caja y que me esperaba en Plaza Miserere para que se la devolviera. Pensé que era raro olvidarse la gata, sin embargo no dudé acerca de su propiedad. En plaza Miserere, ni bien bajé con la gata en brazos me interceptó una chica muy bonita, con cara de desesperada, que me pidió que me fuera y que la llamara luego, dándome un papel con un número de teléfono de línea, que por favor lo hiciera por ella y por Micaela… Me pidió mi número –le di el de mi casa, no sé bien por qué- y rapidísimo lo anotó en su celular, me dijo que me alejara y escondiera a la gata. Un minuto después llegó un muchacho de contextura mediana y aire violento que la tomó del brazo y discutieron un par de palabras:

-Pero si no la querés…-dijo ella

-No te la vas a llevar, es mía, vos y la puta madre que te parió, rajá de acá, pedazo de mierda…- La gata parecía reconocer la voz, movía la cola y había tensado su cuerpo debajo de mi campera. En ese momento tuve miedo de ser descubierto, pero no, pude subir al subte mientras la infeliz pareja esperaba, supuestamente, la llegada de su gata.

La verdad es que me hubiera costado decirle que no a cualquier cosa que me pidiera esa chica, que era bonita, pero además tenía una gracia especial y un aire de desamparo que animaban a ayudarla. Además, no devolverles la gata figuraba dentro de mis gustos, en poco tiempo esa gatita había establecido muy buena relación conmigo. Era evidente que era motín de guerra de la desavenida pareja, y , por otra parte, en mis brazos estaba muy contenta. Supe que no llamaría nunca al teléfono que me dio la chica y dudaba sinceramente sobre su llamado. La chica se veía débil, incapaz de hacer oír su voz, y él estaba dispuesto a despedazar a la gata con tal de hacerle daño a ella. Estratégicamente, si amaba a la gata, debía dejar que me la lleve… Lo único malo, y lo pensé, fue que no debí darle mi número. Si había alguna posibilidad de deshacerse de ese energúmeno, lo primero que haría sería querer recuperarla… En mi fuero interno le di un mes, un mes para cuidar de su gata, luego no habría devolución posible…


IV

Cuando llamaron por el portero pensé en no atender. No esperaba la llegada de ningún amigo, tampoco una carta certificada y no me interesaba ser molestado por ninguna vecina del consorcio. La insistencia hizo que atendiera y me encontré yendo a abrirle la puerta a la chica pelirroja dueña de la gata. La cara mía debió ser de tal desconcierto que lo primero que explicó fue que había sacado mi dirección del Datel. Me dijo que quería verla, que necesitaba saber cómo estaba… Como buen culposo, creí que había adivinado mi intención de quedarme con la gata, y quedé a expensas de la chica haciéndola pasar. Mi gata la recibió muy feliz, y entonces decidí iniciar una conversación en serio…

-Mirá, cuál es tu nombre? –Mercedes- Bueno creo que la podés venir a visitar cuantas veces quieras, claro que si yo estoy, hoy sábado estoy… Lo que creo debemos aclarar, y me parece justo, es que si en un mes no podés encontrar un sitio dónde vivir con la gata, me la quedo yo, porque estoy muy encariñado con ella y ella acá está contenta y cómoda…

-Sí, sí, por supuesto. Lo que quería pedirte es si no me dejarías estar en tu departamento por dos o tres días, no puedo ir a casa de mi familia porque iría a buscarme…, y no tengo a dónde ir… - rompió a llorar-

Si hay algo que no puedo soportar es el llanto de una mujer, entonces le dije que sí, aunque no sabía cómo iba a estar tantas horas con ella en un departamento de dos ambiente. Le dije que iba a dormir en mi cuarto y que yo inflaría un colchón, pero que me tenía que ir todo el día hasta la noche, que le dejaba una llave…Y fui a visitar a mi abuela que no me esperaba hasta el domingo al mediodía. Pensé que el domingo haría otro tanto yendo además a visitar a algún amigo y el lunes ella se estaría yendo.


V


El lunes, el martes, el miércoles, el jueves y el viernes y mi huésped forzada seguía en casa. Las cosas no fueron tan incómodas, ella ordenó el departamento, lavó las cortinas y preparó comida, que cada uno comía por su lado porque yo llegaba lo más tarde posible. Estaba esperando que dijera que se iba, pero no pasaba. El sábado decidí no ir a la casa de la abuela ya que me pedía que hiciera un montón de trabajos inútiles como ordenar fotos en su viejo album – con ochenta y siete años estaba muy bien, estaba lúcida y se las arreglaba sola, aunque resultaba cargosa con sus reclamos- y entre Mercedes y la abuela, preferí quedarme en el departamento. Además tenía varias películas para ver desde el fin de semana pasado. Mercedes pidió para verlas ella también y la gata se subió sobre mis piernas.


V

A la segunda semana se pinchó el colchón, lo tenía que inflar dos veces por noche hasta que pasé a dormir en mi cama -de dos plazas- con Mercedes. Soy un tipo muy respetuoso, igual temía que dormido hiciera algo que pudiera molestarla, en realidad me despertaba varias veces soñando que la abrazaba. Habíamos puesto una almohada larga entre medio de los dos. A decir verdad, nunca había dormido con una chica. Me cuesta mucho establecer relación con la gente, más si se trata del sexo opuesto. Tanto en la facultad como en el instituto terciario, donde trabajo como profesor, todos habían registrado mi cambio y me decían que me notaban más contento. En realidad estaba enamorándome de Mercedes, aunque ella, con una actitud amistosa y simpática, mantenía la distancia. Decidí entonces comprar entradas para ir a ver Cabaret, el musical, invitaría a Mercedes y quizá, en una salida pudiera decirle algo más…




VI

Cuando llegué esa noche con las entradas en el bolsillo me di cuenta de que algo andaba mal. Micaela me esperaba en el pasillo y me recibió con demostraciones de cariño nerviosas, en el sillón estaba su bolso armado:

- ¿Te vas Mercedes? –mi pregunta sonó destemplada, así estaba yo
- Sí, me voy, te quiero agradecerte todo lo que hiciste por mí…
- Pero si vas a casa de tu familia te va a molestar…
- Vuelvo con él, estuvo hablando con mi hermano y le dijo que ya no consumía…, y que no podía vivir sin mí.
- Por lo que me contaste, él es violento, consumiendo o no…
- Puede que me equivoque, igual la decisión está tomada, dijo que si acepto nos iremos a España en un mes, que va a trabajar allá con un amigo que se puso un negocio de tatuajes.

A mí se me cayó el mundo, la abracé cuando se despidió y le dije que lo pensara mucho, que océano de por medio estaría más sola, que ni siquiera iba a tener amigos o familia a quienes recurrir… Pero así como llegó a mi casa, se fue, dejándome un vacío descomunal y a su gata.


VII

Los siguientes días estuve con síntomas difusos, hasta me hicieron un análisis para ver si tenía mononucleosis. Micaela me acompañaba no moviéndose de mi cama. Creo que reviví la tristeza enorme que tuve cuando murió mi mamá, tan mal me sentía que no tenía ganas de seguir viviendo. Recién a los veinte días de haberse ido me empecé a sentir mejor, gracias a la esposa de un amigo que es psiquiatra y que me recetó unos antidepresivos. Según ella eran suaves, igual los iba a tomar bajo su supervisión. La cuestión fue que esas maravillosas pastillas hicieron que pudiera retomar mi vida.

No tenía ninguna noticia de Mercedes lo que hacía que la fuera olvidando casi como si hubiera sido un sueño. Micaela era mi gran compañera y todo se encarrilaba hacia la normalidad, hasta ese sábado. Después de mirar un par de películas ya eran las cuatro de la mañana y me fui a dormir. Media hora después Micaela empezó a llorar de manera alarmante y extraña, traté de calmarla sin resultado. Sus aullidos eran potentes, asustaban y angustiaban . Diez minutos y me estaba cambiando para llevarla a algún lado para que la vieran cuando suena el timbre de mi puerta. Perseguido, pensando en que era algún vecino que venía a protestar por los aullidos de mi gata, no quería atender, pero no podía, tenía que salir si quería llevar a Micaela y para eso debía abrir la puerta y dar las explicaciones a quien las requiriera. Observé por la mirilla y era mi vecina del departamento contiguo. Una chica parca, bonita, algo mayor que yo quizá, pero cuya característica principal era una potente cara desagrado, tanto que ni el portero –el ser más falso y sociable del mundo- se atrevía a dirigirle la palabra. Me quedé un instante duro y con el tercer timbrazo abrí:

- Hola, veo que tenés problemas con tu gata, soy veterinaria

Esa era toda una revelación porque nadie sabía a qué se dedicaba, siempre vestía de modo informal y jamás se la vio con un guardapolvo o algo que se le pareciera, por otra parte no hablaba nunca con ningún vecino, mucho menos de lo poco que lo hago yo, y no acudía a las reuniones del consorcio desde hacía dos años en que se había mudado.
Micaela parecía deshacerse de dolores y la conclusión de mi vecina fue drástica:

-Esta por parir, hay que ayudarla, es muy joven

Le dije que no podía ser… A lo que me preguntó si no me había dado cuenta de lo gorda que estaba y si no había sentido que “algo” se movía dentro de su panza cuando la acariciaba. Su tono, sin ser amable, tenía bastante de didáctico e intentaba hacer que saliera del estado catatónico en que me había sumido: ¡mi Micaela iba a tener cría! Era difícil de elaborar, más aún cuando ya estaba en trabajo de parto. Mi vecina abrió su maletín y sacó guantes de látex.

VIII

El parto resultó conmovedor, Micaela se comportó como una gran mamá, tuvo tres gatitos enormes, dos como ella y otro negrito. Mi vecina, la alentó y la ayudó y también lo hice yo, en realidad fue un gran trabajo por parte de los tres, según lo que me dijo. Se llama Lola, y es muy cariñosa con los animales. Fue extraño porque ni siquiera nos saludábamos cuando nos encontrábamos en el ascensor y ese domingo salí a comprar un gran ramo de flores para regalarle. Cuando se lo di se le iluminó el rostro. En realidad parecía otra persona, muy distinta a la que conocía, a lo mejor ella también pensó lo mismo de mí. Me extrañé cuando preguntó si mi novia estaba de viaje, a lo que le contesté que no era mi novia sino una especie de prima que vive en España y había estado de visita. Recordé las entradas vencidas para ver Cabaret que acababa de tirar a la basura y entonces muy naturalmente le propuse a Lola, si era que le gustaban los musicales, que la invitaba a ir a ver Cabaret, que si me decía que sí ya sacaba las entradas… Enrojeció y me contestó que no tenía ninguna obligación, a lo que respondí que era lo que quería hacer, que me daba mucho placer invitarla.


IX

Los gatitos tienen dos meses y están regordetes y juguetones. Con Lola estamos saliendo y muy enamorados, hasta nos planteamos mudarnos a una casa que compraríamos a medias. Detrás de su hosquedad se escondía la mujer más hermosa y tierna que conocí hasta ahora, creo que la amo... Ah! Recibí un mail de Mercedes, duró sólo quince días con su pareja, ahora se mudó sola a Madrid y consiguió trabajo, está contenta y quiere que le mande un video de Micaela y sus gatitos.

En tres meses y días, que es el tiempo en que encontré mi gata, la vida se me dio vuelta como una taba. Causas y azares, o misterios quizás… Vivo, con Lola, en dos departamentos contiguos, tengo proyectos de formar una familia y me siento tan feliz como nunca jamás hubiera creído. Por eso, si se sienten en algo identificados conmigo y ven una caja debajo de un asiento de la línea A, no duden de sentarse allí… Porque al fin de cuentas nadie puede saber en qué órbita se halla el electrón y si se comportará como energía o partícula…

jueves, 29 de noviembre de 2007

Horrores y amores andando y desandando soledades

I

Fin de año. Escalada. Los Estelares. No más Redondos. Hasta el clima había cambiado, ahora era subtropical . Todo se fragmenta y yuxtapone, pensó. Decididamente la belleza y la bestialidad son patrimonio casi exclusivo de los humanos. Estalló el centro y la verdad hay que buscarla entre los escombros. Dos sidras tibias tomadas en vaso. El era “el hombre desmalezador”, el benévolo hombre desmalezador… Con su casco amarillo y su máquina que andaba con mezcla de nafta y aceite se había propuesto hacer el Bien. Hacía ya un par de años, desde que los calurosos veranos ayudados por las copiosas lluvias y tormentas hacían crecer los pastos y las malezas desmesuradamente, por amor al prójimo y a su propio trabajo, recuperaba baldíos . Nunca hubiera imaginado que su proba tarea tendría un final tan lúgubre y abrupto…

Se había propuesto que todo baldío que se encontrara en las afueras del Gran Buenos Aires iba a ser cortado por él… Miguel tenía 28 años, vivía solo en una casucha con sus dos perros, sus trecientos cincuenta y seis libros y sus seis jilgueros. No se podía decir que era feliz, tampoco infeliz… Mantenía jardines haciendo parquización y paisajismo en seis casas imponentes de la zona de Lomas de Zamora. Hubiera podido tener más trabajo si hubiera querido, sin embargo eso le bastaba para vivir aceptablemente, para lo que él consideraba, y le dejaba suficiente tiempo libre como para dedicarse a la lectura, a tomar mate debajo los árboles de su casa y a ser “el benévolo desmalezador” que rescataba, para alegría de los habitantes de los barrios pobres, los terrenos ganados por el increíble crecimiento de las malezas.

Miguel tenía una personalidad sumamente introvertida, le costaba muchísimo hacer sociales, charlar lo mínimo le significaba un gran esfuerzo. Un Buen día o Buenas tardes a veces le significaba tanto trabajo que caminaba dos o tres cuadras de más para no hacerlo. Claro que no era porque no quisiera a los seres humanos, si no que simplemente estaba mejor solo ya que la comunicación le resultaba imposible… En su trabajo de desmalezador muchas veces se había encontrado con cosas desagradables: perros muertos, ratas y muchísima basura. También había encontrado para su sorpresa una lata de las de los antiguos bizcochos Canale, con una bolsa de polietileno metida en otra bolsa, y en otra, que contenía la increíble suma de 7000 dólares. Con el dinero se había comprado los electrodomésticos que le facilitaron la vida y un televisor gigante.

II

Ese día 31 había sido marcado por la mala suerte… Mala suerte era poco decir, se había enfrentado con el horror… Del otro lado de Camino Negro había marcado un terreno para hacer su obra de bien de Fin de Año. Esa tarde y cuando había llegado a la mitad de su trabajo, detrás de unos tártagos enormes, lo esperaba el hallazgo de una pierna hinchada y con zapato puesto que lo hace huir espantado y al borde del vómito.

Para sus enormes dificultades de comunicación ese horrible descubrimiento le significaba el peso torturante del silencio. Cuando llegó a su casa, lívido y tambaleante, los perros no sabían cómo consolarlo… Salió de la ducha para limpiarse de tanto sudor y espanto y Tincho le lamía las manos en una actitud inusual y Tony los dedos de los pies. Pensó que debía hacer un gran esfuerzo para olvidarse de lo que encontró y se dispuso a comer el asado compartido con los perros para despedir el Año viejo, pero no pudo probar bocado y las tiras de carne las terminaron comiendo sus compañeros perrunos.

Entre recordar y entre olvidar de pronto vio el pantalón sucio que había usado esa tarde y la billetera de cuero vacía que había encontrado en el baldío, poco antes del espantoso hallazgo, y que se había guardado en el bolsillo. Qué horror!, pensó, y fue al baño para tomar un pedazo de papel higiénico para sacarla de ahí. No había razón para unir la billetera con el hallazgo horroroso, se dijo, tratándose de convencer. En uno de los compartimentos había una tarjeta que retiró con dificultad para no tocar sin el papel higiénico que lo protegía del asco: Miguel Ángel Torres, gerente general y el logo de Telefónica en relieve le hizo parar los pelos de la nuca…


III

Primero de año y después de haber pasado por pesadilla tras pesadilla a las cinco y media de la mañana prendió el televisor. NatGeo sirvió para tranquilizarlo. Tiraría la billetera al pozo ciego y finalmente olvidaría todo… En todo lo que había pasado había algo más incomprensible, más del otro lado, del lado de lo impensable, él era Miguel, Miguel Ángel Torres, cuando encontró la billetera le resultó risueño encontrar su nombre, sabía de la existencia de cientos de homónimos, y hasta había pensado alardear en la casa de su hermana con sus sobrinos antes de que sucediera el monstruoso hallazgo. Si bien toparse con un cadáver completo hubiera sido de todas maneras espantoso, el horror del cercenamiento desafiaba al tabú establecido por la primigenia regla prohibitiva: los restos humanos no debían tocarse. Regla que inauguro la cultura y alejó a nuestros predecesores “homos” de los instintos y la animalidad. Quién había cometido semejante acto no pertenecía a la misma naturaleza que Miguel, era sin lugar a dudas, otra clase de animal…

Todo andaría bien. Al fin de cuentas no sería más que otra anécdota que no contaría a nadie, gajes del oficio, se dijo intentando tranquilizarse como lo hubiera tranquilizado su propia madre. Y lo creyó sinceramente. Sin embargo, un par de horas después, Violeta, la hermosa vecina de la esquina, estaba llamando en el pasillo de tierra de su casa, aquel pasillo en el que gracias a un complejo sistema de espejos que el mismo había ideado, podía ver perfectamente quién venia a visitarlo sin ser visto. No saldría a atender, estaba decidido, si le costaba la comunicación, todo empeoraba al tratarse de Violeta…

Violeta llamaba y llamaba y avanzaba hasta ubicarse finalmente frente a la puerta vidriada de la entrada. Miguel había dejado de respirar pero su silueta expectante fue adivinada por Violeta:

- Se que estas ahí, y no te molestaría si no fuese por una causa urgente. Salí o entro,-amenazo- porque la puerta está abierta. –Piedra libre para Miguel, en el peor de los días, empezó a transpirar copiosamente, luego abrió la puerta mientras pedía silencio a sus perros que ladraban enloquecidos

- Mira, ayer mis hermanos menores, que salieron a cartonear, te vieron salir corriendo descompuesto del terreno que estabas desmalezando,. Por supuesto fueron a ver que te había causado tanta impresión y la encontraron... El problema fue que si bien vos encontraste la pierna, ellos encontraron un maletín con una enorme fortuna que cargaron en el carro. El dinero es en euros, no se mucho, pero tengo en claro que no podría hacer nada con esa plata, y ya tengo, como sabrás, problemas de más, haciéndome cargo de mis hermanos desde que quedamos solos. Por eso te vengo a buscar para que vayamos a la comisaría a entregarlo y contar qué pasó…

IV

Cuando llego ya era tarde… La noche caía desolada sobre las casas que se perdían con la ultima luz del crepúsculo. Quizá la suya había sido una muy mala idea – pensó, pero siguió caminando-: nunca uno sabe detenerse a tiempo…-se dijo. No hubiera podido ir a la comisaría con Violeta, entonces estaba yendo sólo, aunque todavía no sabia que iba a decir cuando tuviera qué hablar.

En estas tierras peligrosas del Río de la Plata despertó en un calabozo con fuerte olor a orina. Le dolía todo el cuerpo y todavía sangraba su labio. No sabia que hora era ni cuanto tiempo había pasado desde que ingreso a la comisaría. Si sabia que se había declarado culpable de alguna cosa que no podía recordar. Le dolía descomunalmente la cabeza. Lo único que recordaba clarito era la voz de pito del policía, parecía mas una voz de mujer que de hombre. Se preguntaba si lo estarían esperando, porque cuando llegó todo se desarrollo con mucha celeridad, pasó del cuarto donde estaba la máquina de escribir al cuarto de los golpes sin solución de continuidad.

Devuelto después de vaya a saberse cuantas horas a una celda común, en un televisor que se oía desde lejos, un noticiero establecía el encuentro de un torso en una laguna de poca monta, una pierna y un brazo por otros descampados y su nombre como sospechoso de la muerte de su homónimo… A esto se le agrego la inconfundible voz de Violeta que preguntaba por el en hall de entrada de la comisaría. No entendía, pero esa chica estaba dando su nombre completo –hasta ese momento no sabia que ella siquiera supiese que se llamaba Miguel-, su edad, y se auto titulaba como su mujer o concubina desde hacia tres meses.


V

Si todo lo sucedido era poco creíble, lo que sucedió esa noche fue aun mas desconcertante. Su pareja, o sea Violeta, y todos sus vecinos estaban frente a la comisaría, mas…, había móviles televisivos y radiales. Todos pedían al unísono que fuera soltado, y gritaban su inocencia con pancartas. El sueño del “benévolo desmalezador” parecía cobrar realidad de la mano de todos sus vecinos y, por supuesto, de su flamante y bella mujer. Su hermano, que era abogado y con quien estaba distanciado a partir de la muerte de madre, también se hizo presente. De pronto empezó a ser bien tratado por los policías, que le acercaron pollo y papas al horno, las mismas que estaban comiendo ellos. En el televisor aparecieron hablando sus compañeros del colegio secundario, que recordaron su medalla al mejor promedio y el diploma al presentismo por no haber faltado un solo día a clases durante los cinco años…

La mañana siguiente fue llevado en patrullero hasta Tribunales, el juez mismo le tomo declaración y finalmente fue evaluado psiquiátricamente. Felizmente las palabras, que muchas veces no salían ni con tirabuzón, por efecto de los golpiza o del resarcimiento afectivo de su persona a cargo de quienes lo conocían mejor de lo que el creía, se armaban en un discurso tranquilo y sincero. Se quebró en llanto al contar el espanto del hallazgo y su impotencia al no saber qué hacer…

Esa misma noche y frente a la guardia solidaria que habían establecido algunos de sus vecinos, fue liberado por falta de merito. Violeta apareció como por arte de magia en un remis y lo llevo a su casa. En el mismo remis la radio anunciaba que había sido hallado el celular de su homónimo y daba datos certeros acerca de él: había pruebas, llamadas telefónicas y mensajes en la computadora de la gerencia, que lo sindicaban como participe en un fuerte negociado, además se sospechaba cercano al crimen organizado debido a la exportación de cobre proveniente de cientos de miles de metros de cableado telefónico, de cuyo destino se había perdido el rastro después de una compra millonaria.

VI

Ya en su casa sus perros lo recibían con alegría, habían sido alimentados y cuidados por Violeta… Sin mas, ella había trasladado todas sus cosas a la casa de Miguel. La puerta la había abierto con la llave que el creía estaba guardada secretamente en una maceta. Violeta le sonreía amistosa, cómplice y picara:

- No se si será el final feliz que vos esperabas, pero voy a vivir acá con vos, al menos por un tiempo… Estoy a dos casas de mis hermanos, lo que me permite cuidarlos y controlarlos perfectamente. Quizá seamos pareja, siempre me caiste muy bien y me intrigaste mucho con tu forma de ser tan inabordable… Sabés? A mí también me gusta mucho leer…
- Y la plata – No sabia todavía si sentirse feliz o desdichado, siempre le había gustado mucho Violeta, pero su condición de ermitaño era fuerte.
- Por lo pronto somos los socios dueños de un maletín que por ahora enteré al lado de los malvones… Muy probablemente podamos hacer uso del dinero, se que sos muy inteligente y se te va a ocurrir que hacer… Por otra parte, me sobrevino la certeza de que es imposible ponerse a salvo del mundo ! – Esas fueron las palabras justas que desarmaron a Miguel, cuando su coraza estaba precisamente derrumbándose, quizá una vida mas tibia y acompañada fuera posible junto a la bella Violeta…

martes, 8 de mayo de 2007

Por afano[1] los Dioses de su parte…

http://maya.go2c.info/ar/a4are02818rt.jpg

-Muy probablemente será una estupidez que crea que los Dioses están de mi parte – pensó Ariane y siguió subiendo las escaleras que subían-bajaban en el infierno.

- Sitio raro devino este sitio. Infierno al fin todos los días sucediéndose. Que era otra cosa, lo era. –y salió al aire enrarecido de una ciudad que todavía recordaba de otra manera.-Sí, Retiro era otra cosa –Y el reloj de la Torre de los ingleses parecía no conmoverse ante tanta deshumanidad.-A lo mejor está todo bien… –Pero se le habían parado todos los pelos del cuerpo como si hubiese visto un gato negro cruzarse.

Ricardo Ariane había recibido esa misma tarde el telegrama de despido. Lo esperaba, quizá por eso cuando llegó sintió la pesadez del alivio. Sin nada que perder, con todo perdido, se sentía tristemente solidario ahogándose sin resistencia en el mar de los vencidos. Ese día al menos no le remordía la conciencia, su futuro era el vivir-morir como esas almas en pena de Buenos Aires. Seres no-seres de todas las edades que dormían en cualquier parte, con cajas de cartón desarmadas como colchones. Aunque su mente era lúcida no entendía cómo había cambiado todo tanto. La realidad se le fragmentaba como un cuadro cubista, pensó en el Guernica de Picasso. –Ninguna guerra, sólo alaridos de silencio- Cerró el cierre de su campera y cruzó a Plaza San Martín.

Divorciado, su mujer y su hijo tenían un buen pasar gracias a sus suegros. El se sentía de más, aunque siempre conservaba la dignidad de pasarle la tercera parte de su sueldo.

-¿Qué pensaría su hijo sobre él?- Se tiró en el pasto de la plaza, le quedaba poco menos de veinte días para dejar el departamento alquilado y sin perspectivas de otro alojamiento. Sacó el atado de cigarrillos y se puso a fumar. Recordó a su compañera de trabajo hablándole sobre los chamanes y el desapego. Clara tenía tendencias místicas, aunque, para su gusto, yuxtaponía creencias hasta lo increíble, así y todo siempre terminaba “comprándole” algo. En ese momento pensaba que él, Ricardo Ariene se había convertido en experto en desapego. Soltaba amarras una tras otra.

Ricardo variaba su estado de ánimo, cuando cedía la opresión podía fantasear una vida mejor. Fue así que allí, en Retiro, donde en otro tiempo llegaban y salían trenes a todo el país, se encontró re-inventando una tribu tehuelche sui generis.-Serían almas gemelas nómades que vagarían por el sur, un grupo no demasiado numeroso- pensó. Lo que más lo seducía era la idea religiosa de los tehuelches: un universo armonioso donde cada ser y cada cosa fluía como indivisible de lo Uno. Fumaba y el placer del cigarrillo y el pensamiento lo extasiaban. Definitivamente se iría al sur. Recordó a la entrañable serie de Daniel Boom y abandonó la idea de ser nómade. Ya tenía puesto un gorro de piel en la cabeza , cazaba y pescaba como los mejores y se había construido su propia cabaña cuando se le acercó un chico que pedía y le dio las últimas monedas que le quedaban – Esa era la realidad, el empobrecimiento de la mayoría de los argentinos, él era un cuarentón, un viejo, un desocupado más, sencillamente prescindible, era un tarado…- Entonces recordó el cumpleaños de su hijo y el CD que le había prometido como regalo.

Llegó a Musimundo conciente de que no tenía ni un peso en su bolsillo. En la desesperación pensó en hurtar el CD, pero no, no sería capaz. Se detuvo frente al stand y allí estaba, era el regalo de cumpleaños para su hijo… Tomó el CD y se apresuró a ponerlo en el bolsillo de su campera, miró dos segundos lo que no miraba y empezó a caminar hacia la puerta. Sabía que sonaría la alarma, no sabía lo que haría él… Dos pasos más e inevitablemente sonó la alarma, Ricardo empezó a correr.

Mientras corría se dio cuenta de que una multitud había decidido atraparlo. – Extraña la solidaridad de la gente- pensó. Lo perseguía un enjambre de abispas enloquecidas y furiosas mientras la gente, de contramano, se paraba para ver qué pasaba. Lo miraba a él y a un grupo de perseguidores, que, fatigados después de tres cuadras, eran menos que en un principio. Dobló en la esquina siguiente y dejó de correr, se sacó la campera y la dobló con el forro hacia fuera. Menos de media cuadra secándose con la manga el sudor de la cara y entró a un edificio cuando alguien salía.

El ascensor hasta el último piso, la terraza, Construcao, Deus lhe pague. –Ya estaba, llegaría a la terraza como si fuera el último de los hombres, el último de los días. Epitafio chamán de desaparición. Chico Buarque, Clara, Argentina, ningún chamán-

Una escalera, una puerta abierta y la terraza. Después del piso 12 todo era todo más limpio y el CD le pesaba en el alma. Igual no iba a volver atrás. Recordó cómo se fueron dando las cosas antes de ser despedido, cómo se establecieron las alianzas perversas, cómo se solidarizó con el jefe injustamente acusado por el compañero que iba a quedarse con el puesto, y los odio a todos, a los cobardes y a los arribistas. Prendió un cigarrillo, el último de los cigarrillo, el último de los hombres, miró el cielo y puso un pie del otro lado de la cornisa.

Cerró los ojos y se tiró… Creyó que caía cuando sintió una mano en su hombro –Espere, dos suicidios en el mismo día, desde la misma cornisa no pueden ser, la que me iba a suicidar era yo…- Una mujer joven lo invitaba, le ordenaba volver a la terraza.

La vergüenza de CD en el bolsillo era enorme, no por haberlo “afanado”, si no porque representaba el único lazo que no había desatado: ¡qué le hubiera hecho a su hijo! La mujer explicaba que la que había abierto la puerta de la terraza era ella, pero cuando lo vio a él verdaderamente se había dado cuenta de que no era la decisión correcta la que intentaba tomar. Ricardo entendía a medias. –Perdón, mi nombre es Ricardo, y…- Se puso a llorar. –No sé si perdonarlo o agradecerle- Contestó la mujer que también lloraba.

Lloraron y no hablaron en la noche negra y desolada hasta que aparecieron las palabras. Les dio hambre y sed en el mismo momento en que volvían a brillar las estrellas y las luces de Buenos Aires. Bajaron juntos las escaleras, quizá los Dioses estuvieran de su parte, y caminaron de la mano siguiendo la Avenida de al lado del Río.



[1] Lunfardo: por gran ventaja o diferencia

domingo, 15 de abril de 2007

15 de abril, Feliz cumple Humberto!!!

El amor en tiempos de exilio




Argentina 2002, cumbres borrascosas. Muriel miró la gran ciudad, la desolada ciudad y no creyó cierto tanto silencio. A veces el silencio no es la ausencia de sonido, pensó. Cuando nadie tiene nada para decir a nadie, los soliloquios encuentran su escape en el cielo recortado por los edificios, y la ciudad enmudece hasta que duele, se dijo.

Desencontrada otra vez con Nahuel decidió ponerse los guantes y el gorro, no hacía tanto frío, pero servirían para protegerla de tanta inhospitalidad. Iba a caminar hasta Constitución y de paso ahorraba la plata del colectivo, no tardaría demasiado y era temprano… Cuatro cuadras más adelante un chico la pasó corriendo, sobresaltándola. Diez metros más y el chico que seguía corriendo se sacó la campera y la tiró. Muriel, práctica y solidaria, la levantó, era una buena campera. Al llegar a la esquina el corredor hizo lo mismo con el pullover y las zapatillas. Muriel estaba desconcertada, no más que con las sensaciones que le provocaba la ciudad hacía poco rato antes, apurando el paso llegó a la esquina y recogió las zapatillas y el pullover. El semáforo en rojo y había decidido correr para alcanzarlo. El amigo estaba ya una cuadra adelante y se estaba sacando la camisa…

Por suerte el rojo esta vez era para él y pudo ganar unos cincuenta metros. Decididamente ese tipo estaba loco, había desajustado su cinturón y nomás en calzoncillos siguió corriendo con más rapidez. Muriel, cargada con toda su ropa, transpiraba debajo del gorro. De pronto lo había perdido… ¿Qué iba a hacer? Si el amigo estaba loco, era un loco que olía muy bien, podía reconocer su perfume… A ver si estaba por suicidarse… No parecía, pero bien podía ser uno de esos desencantados de la vida… Tenía que devolverle la ropa. No quería quedársela ni tirarla . ¿Quién la había mandado meterse en ese lío? Y ya no estaba por ningún lado… ¡Qué pena!, se encontró diciéndose a sí misma que era un lindo chico, recordaba su figura recortada a la distancia, su cara de un segundo… En un tiempo más normal ella hubiera actuado de otra manera, quizá… Pensó que debía dejar la ropa en la vereda pero la seguía cargando. Y justo ahí lo vio, estaba completamente desnudo junto a la escultura del Quijote que emergía al costado de la 9 de Julio. Cruzó hacia él sin tener qué decirle…

-Hola …-dijo Muriel roja, acalorada por más de una razón, y turbada.

-Hola, ¿sos mi Dulcinea o mi Equeco? –tapándose con las manos el sexo, estaba borracho.

-Estás loco, te traigo tu ropa antes de que te lleve la policía o te pesques una pulmonía… Me llamo Muriel –amistosa a pesar de su propia incomodidad.

- Bueno, si te sacás los guantes te beso la mano…

- Después de que te vistas –apoyó la ropa en el suelo y le tendió sus calzoncillos

-Para Muriel Dulcinea… -Tomó sus dos manos y ahí nomás la hizo bailar unos pasos y dar una vuelta.

-Decididamente estás loco… –él hizo una reverencia y ambos rieron, todo era ridículo.

-¡Vestite!, ¿me querés decir por qué hiciste esto?

- Esta ciudad de Buenos Aires que va a dejar de ser mía…, me voy para España. Algo tenía que hacer, algún ritual “íntimo” de despedida. Una Dulcinea no estaba en mis fantasías, ¿o sí?

- Lo tuyo no fue muy “íntimo” que digamos, sí es cierto que cuando uno se va, siempre se va “en bolas”, por así decirlo- Muriel lo dijo con tristeza, contaba varias despedidas.

- Me llamo David. ¿Vos qué hacés?

-Soy profesora egresada de Bellas Artes –David se vestía mientras que pasaba un patrullero mirando con atención

- Y escultora…

-¿Como lo sabés?

-¿Acerté? Los artistas se comportan en forma diferente. Los escultores son sociables y buenos tomadores de vino. Quizá no hubieras cruzado esa calle de no serlo…-Muriel se sonrojó, era verdad.

- Puede ser…

- Te invito a tomar algo en San Pedro Telmo, juro que yo no voy a pedir nada alcohólico. Además, mi Dulcinea Rescatadora con espíritu de Equeco, porque viene al caso, no tengo novia…-mintió.

Tres horas bastaron para que se contaran sus vidas. Muriel se sinceraba diciéndole lo que todavía no había dicho a nadie, algo andaba mal con su novio, con tristeza pensaba que ya no lo amaba… David le contó su historia de judío pobre, el estudio, la alegría de su título de ingeniero electrónico, el trabajo que había perdido y finalmente Ezeiza como salida…Bastó un silencio para que apareciera el primer beso y se fueron del café caminando acompasadamente. David se iba en tres días y la invitó a quedarse con él por esa noche. Muriel sintió que por esa noche quería “bajarse del mundo” y decidió quedarse con él. La mañana les llegó demasiado pronto…

- ¿Y si te venís conmigo?

- ¿Cómo podría?

- Pudiendo…- A David le sobraba decisión.

- Es como decidir llegar desnudo hasta dónde querés…

- Algo así…

- Y si te contesto que sí…

- Entonces suspendo el viaje por un mes y nos casamos

- Sos loco, sabés

- No, no lo soy, me voy, y si me querés acompañar necesitamos tus papeles…

- Me quiero ir con vos, o quedarme con vos, ¡creo que perdí la cabeza!

Pero Muriel dejó que entrara la duda y se agazapara. No podría. Entonces tiró los dados, no dejó ningún dato cierto sobre ella, se encontrarían a las siete de la tarde ese mismo día en el Obelisco y entonces posiblemente habría podido tomar una decisión.

David había hablado con Muriel de él, de sus ganas, de sus tristezas y alegrías, de sus amores y nostalgias, de su vida…, pero no de sus obligaciones. Tenía un casamiento programado para dentro de seis meses, dejarle su departamento a su hermana y desde España mandar dinero para su mamá y su hermanita menos para que pudieran sobrevivir en Argentina, otro tanto haría su novia. El casamiento era una obligación más que se le había ido enredando. Lo de Muriel había sido una sorpresa, un hallazgo que lo había conmovido profundamente, si no era amor se le parecía demasiado… Todo el día lo pasó con la herida en el costado… No iba a ir a la cita, muchos dependían de él. Sin embargo en la medida en que corrían las horas los sentimientos se develaban, él no amaba a su novia y su matrimonio era un arreglo imperioso y esperado para salvar y salvarse en la desesperación argentina. Se supo postergado y desdibujado con un sacrificio que de pronto sabía inútil, la dimensión del exilio inminente le daba el derecho a ser más egoísta. Muriel, su nombre, tenía gusto a felicidad, la tibieza de su cintura, su cuerpo y su voz cálida bastaban…

Muriel esperaba en la Plaza de la izquierda del Obelisco, mirado hacia el Bajo, feo lugar, al menos así le parecía a ella. Ese día había transcurrido casi como una irrealidad. Había estado esquiva con su madre y faltó a la escuela sin justificativo. A las dos de la tarde se había tratado de comunicar con Nahuel, siempre tan desatento le contestó que mejor hablaban mañana cuando estuviera más tranquila, que ella estaba enojada porque se había dilatado el ensayo con su banda y que él no pudo avisarle. Muriel se sintió más decepcionada por ella que por él, Nahuel era incapaz de hacer la más mínima descentración de él mismo y la había dejado plantada cientos de veces en seis años, siempre era ella la que después de esperar trataba de ubicarlo. Ahora estaba en la misma circunstancia, pero esperando por David. Media hora y sin poder creer lo que le pasaba cruzó hacia el subte y desapareció en la escalera.

David estaba demasiado lejos de su cita, tomó un taxi y le recomendó que se apurara. Un fino hilo de donde parecía pender toda su vida, él, su metro ochenta y todo su peso dependiendo de lo que sabía, se iba a cortar. Pensó otra vez en Muriel cuando llegó al Obelisco, ya no había nadie y el destino de diáspora se le anidó en el pecho. Llevaría consigo la soledad de la pampa arrastrando al gaucho judío de sus ancestros y al porteño que añora el olor del Río de la Plata y no a Muriel.

Muriel, de regreso a su casa empezó a sentirse mal. Dos horas más tarde estaba enferma con bastante fiebre. Llamaron a la Emergencia y parecía ser un virus, le recomendaron reposo, un anti-pirético –que no dio resultado-, y tomar mucho líquido. Con treinta y nueve de fiebre le contaba a su madre y a su hermano la historia de David, que ya no quería más a Nahuel, y que moriría si no lo podía ver más, que en realidad pensaba irse a España con él. En ese estado pasó un día, la familia no sabía si deliraba o los estaba participando de algo que era cierto.

David, por su lado, también estaba en la cama, esperaba que sonara el portero eléctrico. Apenas se levantó para hacer las valijas y recibir visitas, entre ellas la de su novia. Para todos estaba un poco raro, dijo no salir porque estaba esperando una llamada de sus ex –compañeros de estudio que estaban radicados en España y eran con quienes iba a compartir el departamento. La conversación con su novia fue dura, aunque ella no pareció sorprendida, dijo no sentirse seguro con lo del casamiento, estar confundido, y preferir abrir un paréntesis con la relación. De todas formas se comprometió a ayudarla conectándola para un contrato laboral en España. Mientras tanto, contra reloj, sostenía la idea de abrir su puerta y encontrar a Muriel.

La madre de Muriel no entendía la necesidad de su hija por intentar estar de pie cuando las fuerzas no la acompañaban y tenía una semana de licencia. Entonces, ya sin fiebre, Muriel repitió la historia de David. La mamá, que no era ajena a los amores súbitos ya que tenían que ver con su propia historia de amor con el padre de Muriel, se sintió identificada con su hija y dispuesta a ayudarla.

David, en su departamento, se despedía de familia y amigos, el ambiente no tenía nada de festivo y había que hacer un esfuerzo por mantener el humor. La que fue su novia hasta hacía pocas horas se despidió en forma telefónica. Mientras tanto David, como todos los condenados, no agotaba la esperanza de ver a Muriel hasta el último instante.

En la casa de Muriel, madre e hija estaban conjuradas. Ya habían averiguado sobre los vuelos a España para el día siguiente mientras el padre y el hermano permanecían ajenos a todo lo que planeaban las mujeres. Muriel todavía permanecía en cama, con pocas fuerzas. Esa noche ninguna de las dos pudo dormir mucho y a la mañana siguiente, cuando se fueron el padre y el hermano de la casa, la mamá buscó adentro de una latita, tenía dinero guardado y fue hasta la estación de servicio que estaba en la esquina. Trajo un bidón de nafta, super para colmo de cara, y echó nafta en el carburador. El auto estaba parado hacía un par de meses por el aumento prohibitivo de la nafta y porque habían dejado de pagar el seguro por falta de dinero. Por suerte el auto arrancó. Muriel conocía el camino a Ezeiza y la madre iba a manejar muy despacio para evitar inconvenientes, tenían dos horas para llegar.

David estaba solo en el aeropuerto, le había costado mucho convencer a su familia y a sus amigos para que no lo acompañaran. Quizá tuviera una memoria genética sobre la tristeza de las despedidas en dársenas y andenes. Por otra parte, esperaba a Muriel.

Y la vio de inmediato. La madre de Muriel dejó que subiera la escalera eléctrica sola. Ella sintió que iba a desmayarse en la mitad del camino:

- Sabés Muriel que estoy enamorado de vos… Lo que te dije el otro día era muy en serio, quiero que estés conmigo.

- ¡David –llorando- te amo!

El exilio, con su dimensión trágica, porque nunca nadie lo elige, había hecho que David se reencontrara con sus deseos, su Tierra Prometida recostaba su cabeza en su hombro. Para Muriel, el perfume de David, que había olido por primera vez hacía tres días, le resultaba sobrecogedoramente tranquilizador y entrañablemente conocido, como si hubiera reconocido a David a través de ese sentido, sabía a porvenir y alegría.

Causas y azares, Silvio Rodríguez. Como el agua que busca la pendiente, el amor, terco y vital, se abre paso, esta vez a través de la ruina argentina y sus cumbres borrascosas.