Retomó el libro donde lo había dejado antes, lo único que quería era volver a sumergirse en ese otro mundo, pero golpearon la puerta. Era un cuento de Poe, Corazón delator, un asesinato y el entierro del cuerpo debajo de los listones de madera del sótano. Sólo tres hojas y había recibido tantas interrupciones que no iba a abrir, muy probablemente sería algún vendedor ambulante. Sonó entonces el timbre, raro, muy raro, porque no funcionaba hasta ese momento. Dos timbres cortos, luego tres, uno y de vuelta tres. Era la clave. Sí, era la clave que usaba Beatriz, su vecina y amante durante dos a años… Tan bella Beatriz, tan hermosa, claro que tan joven como era, formaba parte de lo lógico. El enloquecía por ella, y ella, bueno, estaba tan necesitada…, digamos de todo, también de cariño y comprensión, el energúmeno de su marido la trataba muy mal y se jugaba el sueldo en el Bingo. Fue extraño escuchar el timbre, si estaba roto… Ella juró no verlo más cuando él se rehusó a darle plata, loco de celos, porque se iba de viaje a Miramar, y lo hizo, aunque en realidad a los quince días se mudaron porque no pagaban el alquiler hacía más de un año. Desalojarlos era casi imposible porque tenían nenes chicos, vaya a saberse si el último crio no era de él, tenía su pelo rubio y crespo… Se fueron cuando el dueño de la casa finalmente les ofreció dinero, y el carnicero le había contado que hasta el flete les pagó. El trató de saber a dónde se mudaron, pero no hubo caso, nadie lo sabía, tenían parientes en Entre Ríos, eran de allá.
Otra vez el timbre en código y sintió cómo la sangre se le amontonaba y el corazón le daba un brinco, le pesaron los brazos y las piernas. Esperó. Otra vez la señal. Con la boca seca se acercó y espió por la mirilla: allí estaba, bella como siempre, con el pelo más largo y teñido de rojo, parecía todavía más joven. Quedó a un costado de la puerta, sabía que iba a abrir, la tentación era muy fuerte, Beatriz era como una droga para él. Antes de hacerlo le habló: “Beatriz, cómo está, si me dá un minuto me visto y le abro”. Corrió entonces y levantó la tapa de pinotea que daba al sótano, allí guardaba la plata, todo lo que había cobrado de retroactivo de la pensión italiana. Con apresuramiento sacó mil dólares, eran mucho menos de lo que su necesidad valía. Trató de poner los veinte mil de nuevo en la lata y volverlos al mismo lugar pero la tapa de listones de pinotea no calzó bien, saltó sobre ella sin lograr que encajara. Pasó por el baño y se lavó la cara y el pene, se enjuagó la boca y ya temblando sacó la colonia y se echó medio frasco encima.
“Hola Oscar, cómo le va”, Beatriz, entró y se puso a llorar. El sintió como se deshacía de ternura por ella, se acercó, la besó y le puso una mano debajo del vestido, no tenía bombacha. Los mil dólares estaban sobre la mesa de la cocina, delante de sus ojos. “Espere, espere, por favor deme un té, vine sin comer ni tomar nada”. El sabía que ya estaba, que ella iba a estar con él nuevamente, “te hago el té y después eso es tuyo”, señalándole el dinero. Ella lo miró con sorpresa, “es mucho”, dijo. “Es tuyo” y le sirvió una taza de té .Ella pidió que la acompañara y acercó otra taza. El volvió al baño, tomó la pastilla de viagra y luego trajo las facturas que había comprado para la merienda. “Comelas, yo no tengo hambre”. “No, al menos una come vos”. El volvio a meter su mano entre sus piernas mientras tomaban el té. Ella fue a su cama, la foto de la difunta esposa seguía en la mesita de luz. Oscar se tiró sobre ella pero empezó a ver todo nublado y perdió la conciencia.
Despertó con la casa a oscuras, ya era de noche. Beatriz no estaba. Prendió la luz de la cocina y las dos tazas de té eran testigos, no lo había soñado. Se sentía embotado y furioso, se había llevado los mil dólares. En eso corrió a la pieza contigua, la tapa del sótano estaba fuera. No había más nada en la lata, todo su dinero había desaparecido. El corazón empezó a latirle desaforado, alcanzó a tomar un atenolol y a salir a la puerta. Su vecino de al lado lo llevó al hospital con urgencia y lo internaron en terapia intensiva. Después de casi dos días de latidos desbocados, el tercero estuvo mejor. Vino su nuera y su hijo a verlo. También su vecino, “Don Oscar, escuché su timbre y vi a Beatriz, me extrañó que sonara, son cosas del destino, igual le voy a decir con sinceridad que Ud ya no está para esos trotes, la próxima lo perdemos”. “Ni falta que me hace que me lo digas, lo que pasa es que nunca pude sostenerle bien la rienda al corazón”.
viernes, 1 de mayo de 2009
jueves, 23 de abril de 2009
Japón, el imperio del sol naciente, en la isla de los recuerdos
Homenaje a Corin Tellado
La noria sigue rodando, y es una pena. Después de la gran explosión todo fue desanudándose, expandiéndose, desplegándose. Algo así como si se fuera ordenando, como una sinfonía, un gran espectáculo, un nacimiento memorable, una gran ecuación decididamente bella como un piano blanco de cola, una estrella o una lluvia de meteoritos. Y los colores, los colores fueron de inusitada e indescriptible voluptuosidad, aunque no sea una palabra adecuada para describirlos.
La inmortalidad, eso, eso es lo que podría, al menos, dar una idea cabal del sentimiento que los embargó e hizo que cayeran lágrimas de sus ojos y dejó sus bocas semiabiertas. Se sintieron inmortales por unos segundos. Muertos más allá de la muerte la eternidad les quedaba chica, algo seguía moviéndose por debajo.
Intentaron encontrar algunas palabras, quizá algo de inglés pero se les escabulló de las manos. No había más marco referencial que la vivencia acompasada ni más registro que un verbo que se deshacía en acción: nada iba a quedar de ellos juntos, como un sueño, emergerían de las tinieblas sin ser.
Todo comenzó con la ponencia de ella, auriculares de por medio y siguió con la de él. Algo había leído ella en la publicación científica de mayor tirada: Mutsuo, ese era su apellido, estaba trabajando sobre su mismo tema, nanotecnología aplicada a la biogenética. Ambos se reconocieron. Con lo que habían presentado auguraban una tesis que modificaría, y en mucho, las concepciones hasta ahora vigentes y abriría camino hacia otros horizontes hasta ahora sólo imaginados. Los dos íban a arribar a las mismas conclusiones por distintos caminos.
Esa noche el mozo le acercó una rosa, a varias mesas de por medio se paró un hombre que la saludó con una leve reverencia. Lo próximo fue la tarjeta de su habitación y una invitación para después de la cena: brindarían por los hallazgos hechos por cada uno y por ambos, escrito en el inglés poco fluido de los científicos.
El champagne en el balde, dos copas y un recibimiento poco esperado, sonaba un tango de Gardel y con gran esfuerzo pronunció “sintio un glan placel”. Brindaron por haberse conocido con una alegría pocas veces experimentada. Luego intentaron preguntarse acerca de sus respectivos trabajos pero en un momento él la besó. Ella se enojó o trató de hacerlo, pero le flaquearon las fuerzas y el deseo se impuso. En pocos minutos estaban desnudos.
Mientras las horas se desarmaban en la habitación del hotel, acechaba la despedida. El Congreso tenía solamente un día más de vida y su amor también. Buscó en su maleta y le dio un pañuelo de seda: “era de mi madre, y lo llevo conmigo en los grandes momentos, ahora es tuyo”, le dijo en un mal inglés.
Ya en Buenos Aires , tratando de disimular el terremoto que hubo debajo de sus pies, ella contestó a la pregunta de su marido acerca del pañuelo de seda: “Me lo regaló una anciana japonesa deseándome que me vaya muy bien en el Congreso, y así fue. Creo que me va a acompañar para siempre…”
La noria sigue rodando, y es una pena. Después de la gran explosión todo fue desanudándose, expandiéndose, desplegándose. Algo así como si se fuera ordenando, como una sinfonía, un gran espectáculo, un nacimiento memorable, una gran ecuación decididamente bella como un piano blanco de cola, una estrella o una lluvia de meteoritos. Y los colores, los colores fueron de inusitada e indescriptible voluptuosidad, aunque no sea una palabra adecuada para describirlos.
La inmortalidad, eso, eso es lo que podría, al menos, dar una idea cabal del sentimiento que los embargó e hizo que cayeran lágrimas de sus ojos y dejó sus bocas semiabiertas. Se sintieron inmortales por unos segundos. Muertos más allá de la muerte la eternidad les quedaba chica, algo seguía moviéndose por debajo.
Intentaron encontrar algunas palabras, quizá algo de inglés pero se les escabulló de las manos. No había más marco referencial que la vivencia acompasada ni más registro que un verbo que se deshacía en acción: nada iba a quedar de ellos juntos, como un sueño, emergerían de las tinieblas sin ser.
Todo comenzó con la ponencia de ella, auriculares de por medio y siguió con la de él. Algo había leído ella en la publicación científica de mayor tirada: Mutsuo, ese era su apellido, estaba trabajando sobre su mismo tema, nanotecnología aplicada a la biogenética. Ambos se reconocieron. Con lo que habían presentado auguraban una tesis que modificaría, y en mucho, las concepciones hasta ahora vigentes y abriría camino hacia otros horizontes hasta ahora sólo imaginados. Los dos íban a arribar a las mismas conclusiones por distintos caminos.
Esa noche el mozo le acercó una rosa, a varias mesas de por medio se paró un hombre que la saludó con una leve reverencia. Lo próximo fue la tarjeta de su habitación y una invitación para después de la cena: brindarían por los hallazgos hechos por cada uno y por ambos, escrito en el inglés poco fluido de los científicos.
El champagne en el balde, dos copas y un recibimiento poco esperado, sonaba un tango de Gardel y con gran esfuerzo pronunció “sintio un glan placel”. Brindaron por haberse conocido con una alegría pocas veces experimentada. Luego intentaron preguntarse acerca de sus respectivos trabajos pero en un momento él la besó. Ella se enojó o trató de hacerlo, pero le flaquearon las fuerzas y el deseo se impuso. En pocos minutos estaban desnudos.
Mientras las horas se desarmaban en la habitación del hotel, acechaba la despedida. El Congreso tenía solamente un día más de vida y su amor también. Buscó en su maleta y le dio un pañuelo de seda: “era de mi madre, y lo llevo conmigo en los grandes momentos, ahora es tuyo”, le dijo en un mal inglés.
Ya en Buenos Aires , tratando de disimular el terremoto que hubo debajo de sus pies, ella contestó a la pregunta de su marido acerca del pañuelo de seda: “Me lo regaló una anciana japonesa deseándome que me vaya muy bien en el Congreso, y así fue. Creo que me va a acompañar para siempre…”
jueves, 9 de abril de 2009
Algo de Nada…
La sensación de estar completa, llena, es exactamente la opuesta de estar vacía… El vacío es la muerte, pero he de aquí que la completud también, o al menos así creo. Si el universo se expande ocupando cada vez más espacio, lo hará hasta finalmente morir… Eso tiene un nombre, entropía, que significa la introducción del azar en un sistema, un desorden o disfunción . También existe la entropía para los agujeros negros, y así se explica el nacimiento del universo, a partir del big-bang o gran explosión de un agujero negro de altísima densidad… El Todo y la Nada, la muerte y el nacimiento en la excelente película de Kubrick, Marte como escenario de la odisea. Bueno, todo esto para discurrir acerca del domingo pasado y sus aconteceres…
Pienso, y creo estar equivocada. Sin embargo de no sentir esa sensación que dejó entrar un poco de nada, o de Nada, nunca hubiera ocurrido lo que ocurrió… Como la H, muda completamente para esta región ya que ni siquiera la aspiramos, que existir, existe, no cabe duda, y además nos cuidamos muy bien de ponerla como corresponde en el lugar preciso. Bueno, como les decía, suelo respetar la ortografía y cerrar muy bien las puertas que comunican con lo intangible, lo místico, lo religioso o lo inexplicable. No es cuestión de andar dejando espacio para que entre lo desconocido. Bueno, ese día no tenía todo bien agarrado, la lógica me resultaba aburrida y había estado tirando el I-ching. No para saber o preguntar acerca de algo en particular sino para jugar un poco…El I-Ching para mí tiene gusto a barrio y amistad casa de por medio, como llenar el tiempo de higuera , laureles y tardes enteras. El I-Ching es Adriana.
A veces, siendo de un signo de aire, géminis, necesito dejar lugar a la improvisación como para esperar algo de azar y sentirme sorprendida, entreabrir y entrarme a explorar en otros territorios. Bueno, como les contaba, eso fue lo que pasó ese domingo…
También es preciso desconocer lo ocurrido, al menos si se quiere seguir gozando de credibilidad, y por sobre todo no andar abonando famas que a la corta o a la larga terminen perjudicándola a una… Bueno, por eso pongo en duda todo, y más, podría decir que fue efecto de la tenue luz de ese domingo de otoño a las seis de la tarde. Sí, fue el domingo pasado, precisamente hace tres días, pero también se puede acrecentar la distancia-tiempo, sacarle eso de sentirlo tan “vivido”. y ubicarlo “a lo lejos y hace tiempo”.
Mi amiga Adriana estuvo conmigo, y fue así, así nomás, vino a visitarme, claro que si no les digo que ella murió hace tres años para cuatro, les parecería muy natural… Y no sólo ella sino también mi mamá, que le trató de explicar que las cosas debían ser como eran… Cabe aclararles que mi mamá murió hace cinco años…
Podría contarles que tenía dormidera, sensación de pesadez, que hacía esfuerzo por no quedarme dormida hasta que finalmente ocurrió, sin embargo no fue así. Otra fue la vez que me visitó Adriana cuando dormía y estoy segura que por la misma razón. El domingo estaba despierta, bien despierta y cuando vuelvo de la cocina con una taza de té con leche estaba allí sentada, la verdad, no me asusté. Le pregunté que qué hacía, lo primero que pensé era que también yo estaba por morir, pero no, no era eso, lo supe aunque no me habló. Ahí pensé que como lo hizo siempre en su vida, venía a contarme sus problemas, sólo que esta vez no hablaba, o al menos yo no podía comunicarme con ella, no me escuchaba… Entonces apareció mi vieja, que con mucha naturalidad le dijo que así debía ser y que lo olvidara… Era su marido, su ex –marido porque ahora era viudo, ella lo amaba y sin duda él a ella . Bueno, ahora estaba flaco y mas feliz, y ahí me entero por lo que decían Adriana y mi vieja que estaba saliendo con una mujer… Había estado largo tiempo descuidado, engordando hasta peligrosamente para alguien con antecedentes familiares de infarto y cincuenta años de edad. Catapultante mi vieja, mandó todos sus argumentos y los sentimientos de Adriana por los aires, sin miramiento. Pobre Adriana. Mi vieja era Escorpio y Adriana había nacido el mismo día que su hermana menor, un aries explosivo y sentimental, con mucha polenta pero incapaz de oponerse a las certezas sin misericordia que provienen de la naturaleza impiadosa del escorpión: “Y mejor que bendigas esa relación si la mujer es buena”, “por tus hijos”, agregó. En eso sonó el teléfono y ambas desaparecieron, ya no estaban.
Puedo hacer esfuerzos por creer que fue un sueño, aunque, para ser honesta con Uds, lo que racconto tuvo tanta realidad como la mía ahora escribiendo frente a la computadora…Sus presencias eran casi palpables, aunque solamente fui espectadora, también es cierto que nada podría haber dicho, me había quedado sin palabras, con lo difícil de imaginar para el que me conoce. Quizá porque no tenía consuelo para darle a mi amiga, a lo mejor también me faltaba ella a mí para escucharme. Lo cierto es que aprendí que los muertos consuelan a los muertos, o resuelven sus problemas, como lo hizo mi vieja al mejor estilo “Chinulli”, ese era su apodo y así la llamaba Adriana
Pienso, y creo estar equivocada. Sin embargo de no sentir esa sensación que dejó entrar un poco de nada, o de Nada, nunca hubiera ocurrido lo que ocurrió… Como la H, muda completamente para esta región ya que ni siquiera la aspiramos, que existir, existe, no cabe duda, y además nos cuidamos muy bien de ponerla como corresponde en el lugar preciso. Bueno, como les decía, suelo respetar la ortografía y cerrar muy bien las puertas que comunican con lo intangible, lo místico, lo religioso o lo inexplicable. No es cuestión de andar dejando espacio para que entre lo desconocido. Bueno, ese día no tenía todo bien agarrado, la lógica me resultaba aburrida y había estado tirando el I-ching. No para saber o preguntar acerca de algo en particular sino para jugar un poco…El I-Ching para mí tiene gusto a barrio y amistad casa de por medio, como llenar el tiempo de higuera , laureles y tardes enteras. El I-Ching es Adriana.
A veces, siendo de un signo de aire, géminis, necesito dejar lugar a la improvisación como para esperar algo de azar y sentirme sorprendida, entreabrir y entrarme a explorar en otros territorios. Bueno, como les contaba, eso fue lo que pasó ese domingo…
También es preciso desconocer lo ocurrido, al menos si se quiere seguir gozando de credibilidad, y por sobre todo no andar abonando famas que a la corta o a la larga terminen perjudicándola a una… Bueno, por eso pongo en duda todo, y más, podría decir que fue efecto de la tenue luz de ese domingo de otoño a las seis de la tarde. Sí, fue el domingo pasado, precisamente hace tres días, pero también se puede acrecentar la distancia-tiempo, sacarle eso de sentirlo tan “vivido”. y ubicarlo “a lo lejos y hace tiempo”.
Mi amiga Adriana estuvo conmigo, y fue así, así nomás, vino a visitarme, claro que si no les digo que ella murió hace tres años para cuatro, les parecería muy natural… Y no sólo ella sino también mi mamá, que le trató de explicar que las cosas debían ser como eran… Cabe aclararles que mi mamá murió hace cinco años…
Podría contarles que tenía dormidera, sensación de pesadez, que hacía esfuerzo por no quedarme dormida hasta que finalmente ocurrió, sin embargo no fue así. Otra fue la vez que me visitó Adriana cuando dormía y estoy segura que por la misma razón. El domingo estaba despierta, bien despierta y cuando vuelvo de la cocina con una taza de té con leche estaba allí sentada, la verdad, no me asusté. Le pregunté que qué hacía, lo primero que pensé era que también yo estaba por morir, pero no, no era eso, lo supe aunque no me habló. Ahí pensé que como lo hizo siempre en su vida, venía a contarme sus problemas, sólo que esta vez no hablaba, o al menos yo no podía comunicarme con ella, no me escuchaba… Entonces apareció mi vieja, que con mucha naturalidad le dijo que así debía ser y que lo olvidara… Era su marido, su ex –marido porque ahora era viudo, ella lo amaba y sin duda él a ella . Bueno, ahora estaba flaco y mas feliz, y ahí me entero por lo que decían Adriana y mi vieja que estaba saliendo con una mujer… Había estado largo tiempo descuidado, engordando hasta peligrosamente para alguien con antecedentes familiares de infarto y cincuenta años de edad. Catapultante mi vieja, mandó todos sus argumentos y los sentimientos de Adriana por los aires, sin miramiento. Pobre Adriana. Mi vieja era Escorpio y Adriana había nacido el mismo día que su hermana menor, un aries explosivo y sentimental, con mucha polenta pero incapaz de oponerse a las certezas sin misericordia que provienen de la naturaleza impiadosa del escorpión: “Y mejor que bendigas esa relación si la mujer es buena”, “por tus hijos”, agregó. En eso sonó el teléfono y ambas desaparecieron, ya no estaban.
Puedo hacer esfuerzos por creer que fue un sueño, aunque, para ser honesta con Uds, lo que racconto tuvo tanta realidad como la mía ahora escribiendo frente a la computadora…Sus presencias eran casi palpables, aunque solamente fui espectadora, también es cierto que nada podría haber dicho, me había quedado sin palabras, con lo difícil de imaginar para el que me conoce. Quizá porque no tenía consuelo para darle a mi amiga, a lo mejor también me faltaba ella a mí para escucharme. Lo cierto es que aprendí que los muertos consuelan a los muertos, o resuelven sus problemas, como lo hizo mi vieja al mejor estilo “Chinulli”, ese era su apodo y así la llamaba Adriana
viernes, 3 de abril de 2009
Vete destino o vente conmigo…
En el medio de un vagón de tren atestado que se dirigía al conurbano estaba Ella, una gran gallina amarilla y rubicunda con cuatro pequeños hijos. Gringa de la nueva oleada, ucraniana, de uno de esos países que la Europa comunitaria desprecia y los del Gran Buenos Aires también. Era gorda, vestía amarillo chillón con cinta en el pelo del mismo color y cachetes lustrosos. La ucraniana era mal vista por todos los que la rodeaban, por su tamaño, por sus hijos pequeños que se agarraban de su vestido y por el bebé rechoncho que llevaba en brazos… -Que se joda, para qué no se quedó en su país…
Los rostros de piel oscura y cabello negro, lacio y grueso, el mestizaje indio de la américa profunda y carenciada, también segregaba con actitudes xenófobas y racistas.
Los nenes lloriqueaban de calor y apretujamiento pero nadie se movió para hacerles lugar o darles un asiento. Los más grandes, que tendrían de cuatro a seis años le hablaban en ruso, o en su idioma que para todos en el vagón era ruso o chino, daba lo mismo…Aunque los coreanos y los chinos, de tanto fabricar ropa y fundar supermercados habían ascendido en el nivel de aceptación colectiva.
En un momento la mujer empezó a palidecer, se dio cuenta de ello un muchacho que la observaba como quien mira a un animal extraño, gotas de traspiración corrieron por su sien y se desvaneció como derretida entre la gente. El bebé gordote fue soltado justo cuando caía al suelo y robotó como pelota que no tiene espacio. Los hermanos formaron un círculo tratando de abrazarla . La mujer del otro continente se habia desmoronado como un edificio implosionado.
Llamen a un médico , avisen al guarda para que la atiendan en la próxima estación grito un punguista mientras aprovechaba la confusión para robar lo poco y nada de los pasajeros desprevenidos .En eso la mujer hizo una mueca con la boca dejando ver los dientes, algunos blancos y otros negros. Otro pasajero se acercó y puso su mano en la garganta y el pecho y decretó que estaba muerta. Por suerte los hijos de la mujer no entendieron porque no sabían castellano. Una vieja de manos temblorosas que estaba cerca , delgada y encorvada, se abrió paso hasta la mujer chillando, tenía en la mano un perfume que olía muy fuerte aún de lejos, frotó su nuca y sus sienes y lo acercó a su nariz. La mujer abrió los ojos y los chicos que lloraban la abrazaron y besaron.
Debió haber muerto, comentó un hombre de mediana edad, estos que vienen acá lo único que hacen es sacarnos lo poco que tenemos. Y encima cuatro críos, y capaz que el gobierno les está dando algún subsidio. Si este país es una joda, peruanos, bolivianos y hasta vaya a saberse de dónde vienen, y todo porque tenemos fama de tener vacas gordas…Nadie se hizo eco de lo que decía. De pronto todos se sintieron aliviados al ver que la mujer volvía a levantarse y hasta le ofrecieron un asiento…Quizá más de uno pensaba lo mismo que lo dicho por el hombre y entonces sobrevino la culpa colectiva. Quizá todos sintieron que eran descendientes de indios despojados y apaleados y de barcos llenos de inmigrantes muertos de hambre. También de algun negro esclavo perdido entre los antepasados, como lo contaban los labios carnosos y el pelo crespo del chico que se levantó para que se sentara. Más sangre de unos, menos de otros esa era la realidad nacional. Quizá la solidaridad, de extraña manera, se abre paso en tiempos difíciles.
Los rostros de piel oscura y cabello negro, lacio y grueso, el mestizaje indio de la américa profunda y carenciada, también segregaba con actitudes xenófobas y racistas.
Los nenes lloriqueaban de calor y apretujamiento pero nadie se movió para hacerles lugar o darles un asiento. Los más grandes, que tendrían de cuatro a seis años le hablaban en ruso, o en su idioma que para todos en el vagón era ruso o chino, daba lo mismo…Aunque los coreanos y los chinos, de tanto fabricar ropa y fundar supermercados habían ascendido en el nivel de aceptación colectiva.
En un momento la mujer empezó a palidecer, se dio cuenta de ello un muchacho que la observaba como quien mira a un animal extraño, gotas de traspiración corrieron por su sien y se desvaneció como derretida entre la gente. El bebé gordote fue soltado justo cuando caía al suelo y robotó como pelota que no tiene espacio. Los hermanos formaron un círculo tratando de abrazarla . La mujer del otro continente se habia desmoronado como un edificio implosionado.
Llamen a un médico , avisen al guarda para que la atiendan en la próxima estación grito un punguista mientras aprovechaba la confusión para robar lo poco y nada de los pasajeros desprevenidos .En eso la mujer hizo una mueca con la boca dejando ver los dientes, algunos blancos y otros negros. Otro pasajero se acercó y puso su mano en la garganta y el pecho y decretó que estaba muerta. Por suerte los hijos de la mujer no entendieron porque no sabían castellano. Una vieja de manos temblorosas que estaba cerca , delgada y encorvada, se abrió paso hasta la mujer chillando, tenía en la mano un perfume que olía muy fuerte aún de lejos, frotó su nuca y sus sienes y lo acercó a su nariz. La mujer abrió los ojos y los chicos que lloraban la abrazaron y besaron.
Debió haber muerto, comentó un hombre de mediana edad, estos que vienen acá lo único que hacen es sacarnos lo poco que tenemos. Y encima cuatro críos, y capaz que el gobierno les está dando algún subsidio. Si este país es una joda, peruanos, bolivianos y hasta vaya a saberse de dónde vienen, y todo porque tenemos fama de tener vacas gordas…Nadie se hizo eco de lo que decía. De pronto todos se sintieron aliviados al ver que la mujer volvía a levantarse y hasta le ofrecieron un asiento…Quizá más de uno pensaba lo mismo que lo dicho por el hombre y entonces sobrevino la culpa colectiva. Quizá todos sintieron que eran descendientes de indios despojados y apaleados y de barcos llenos de inmigrantes muertos de hambre. También de algun negro esclavo perdido entre los antepasados, como lo contaban los labios carnosos y el pelo crespo del chico que se levantó para que se sentara. Más sangre de unos, menos de otros esa era la realidad nacional. Quizá la solidaridad, de extraña manera, se abre paso en tiempos difíciles.
sábado, 28 de marzo de 2009
La virgen de los pobres y el cuento de la lechera
En el avión Erika sonrío triunfante, pero no debió sonreír todavía. Era el último viaje, el último control, la última paga. Por fin había armado el castillo de naipes, enorme, precioso, sin embargo faltaba una carta que aún no estaba puesta. Treinta y nueve y no cuarenta y s u castillo podría caer aplastado con la redondez del número.
Si hay algo que produce un placer indefinido, exquisito, es armar juegos en el aire. circunstancias soñadas entre la vigilia y ese no lugar. El suyo era la casa y la tiendita que pondría, por fin vivirían sin lujos pero sin apremios junto a su hijito. Tiempo-espacio sobrepuesto, disociaba su atención sin dejar de charlar amablemente, arrastrando su valija hacia el personal aduanero que esperaba al final del pasillo.
Estaba helada, congelada, tanto que ni siquiera sentía pánico. Este era el quinto viaje y el último. Ya estaba, con cinco viajes había logrado juntar más dinero de lo que hubiera podido hacer en cinco años de trabajo duro, sin contar que el trabajo escaseaba y nunca lograba mantenerlo en forma continua.
DE prontolLa luz que llegaba a sus ojos se ennegreció. Ahí estaba con su valija cuando los perros enloquecieron, sintió que se avalanzaban sobre ella y supo que no vería a su hijo por largo tiempo.¿Qué haría ahora? ¿Cuál era su plan alternativo? No, no tenía, esta vez había apostado fuerte al todo o nada. No, volvería a su país ni habría casa para ellos, la puerta se cerraba justo antes de cruzarla. Contuvo la respiración y siguió caminando, lo mismo que hacía cuando su padre, borracho, la llamaba, seguía adelante sin correr hasta doblar la esquina y entonces escapaba sin aliento hasta encontrar refugio en la casa de su abuela. Los perros se acercaban incontenibles y a un paso de ella saltaron sobre la mochila del pasajero que caminaba a su lado. No, no era a ella a la que estaban rastreando… Siguió y ni siquiera la detuvieron para revisarla.
El sistema era perfecto, pero esta vez era la última para ella. La virgencita la había ayudado lo suficiente, podría cansarse si no cumplía con su promesa, primero había dicho tres, luego cinco… Suficiente. Salió del aeropuerto y subió al taxi, la encontrarían en el mismo lugar. Fue al baño y contó, estaban todos. Los volvió a contar para estar segura, salió los entregó y recibió los dólares.
La carta que le faltaba estaba ubicada. Ya estaba, ahora sí, empezaba a tomar conciencia que su sueño dejaba de ser una fantasía. Ahora sí era hora de sonreír triunfante, en lugar de ello empezó a temblar y se pudo a llorar, sacó la estampita y la foto de su hijo y se persignó.
Si hay algo que produce un placer indefinido, exquisito, es armar juegos en el aire. circunstancias soñadas entre la vigilia y ese no lugar. El suyo era la casa y la tiendita que pondría, por fin vivirían sin lujos pero sin apremios junto a su hijito. Tiempo-espacio sobrepuesto, disociaba su atención sin dejar de charlar amablemente, arrastrando su valija hacia el personal aduanero que esperaba al final del pasillo.
Estaba helada, congelada, tanto que ni siquiera sentía pánico. Este era el quinto viaje y el último. Ya estaba, con cinco viajes había logrado juntar más dinero de lo que hubiera podido hacer en cinco años de trabajo duro, sin contar que el trabajo escaseaba y nunca lograba mantenerlo en forma continua.
DE prontolLa luz que llegaba a sus ojos se ennegreció. Ahí estaba con su valija cuando los perros enloquecieron, sintió que se avalanzaban sobre ella y supo que no vería a su hijo por largo tiempo.¿Qué haría ahora? ¿Cuál era su plan alternativo? No, no tenía, esta vez había apostado fuerte al todo o nada. No, volvería a su país ni habría casa para ellos, la puerta se cerraba justo antes de cruzarla. Contuvo la respiración y siguió caminando, lo mismo que hacía cuando su padre, borracho, la llamaba, seguía adelante sin correr hasta doblar la esquina y entonces escapaba sin aliento hasta encontrar refugio en la casa de su abuela. Los perros se acercaban incontenibles y a un paso de ella saltaron sobre la mochila del pasajero que caminaba a su lado. No, no era a ella a la que estaban rastreando… Siguió y ni siquiera la detuvieron para revisarla.
El sistema era perfecto, pero esta vez era la última para ella. La virgencita la había ayudado lo suficiente, podría cansarse si no cumplía con su promesa, primero había dicho tres, luego cinco… Suficiente. Salió del aeropuerto y subió al taxi, la encontrarían en el mismo lugar. Fue al baño y contó, estaban todos. Los volvió a contar para estar segura, salió los entregó y recibió los dólares.
La carta que le faltaba estaba ubicada. Ya estaba, ahora sí, empezaba a tomar conciencia que su sueño dejaba de ser una fantasía. Ahora sí era hora de sonreír triunfante, en lugar de ello empezó a temblar y se pudo a llorar, sacó la estampita y la foto de su hijo y se persignó.
sábado, 29 de noviembre de 2008
Entre recordar y olvidar…
Para perderse por perderse, mejor hacerlo con gracia – Nicolás lo pensó pero no logró superar el escalofrío que le corría por la espalda- Algo andaba mal como para volver siempre al mismo sitio, lo marcaba ese maldito árbol que parecía partido por un rayo.
- Que te parece si nos tomamos un descanso, bajamos, nos comemos algo de lo que llevamos ahí atrás, y hacemos el amor…
Laura lo miró con pánico, lo único que quería era retomar un camino cierto, era la quinta vez que intentaban para terminar haciendo un viaje en círculo. Pero tenía razón Nicolás, era necesario tomarse un respiro, e improvisaron un picnic. Después de un rato, y cuando a las tres de la tarde cuando comenzaba a hacer un poco de frío, fue ella quien lo descubrió tirado cerca de donde habían acampado:
-Ese hueso es humano, precisamente un fémur –comentó preocupada, sus estudios avanzados de medicina no podían hacerla equivocar.
Juntaron todo y se subieron al auto, pero no arrancaba. Es terrible perderse en algún lugar cuando las distancias son tan enormes, -pensó Nicolás – es como perderse en la nada… Le sobrevino la idea del triángulo de las Bermudas donde desaparecían las tripulaciones completas de los barcos. Luego se le ocurrió que también ellos podrían terminar siendo esqueletos tragados por un agujero negro virtual, perdidos en una inmensidad sin salida... Entonces tuvo una decisión arrojada:
- Laura traé ese hueso, lo vamos a usar como amuleto, a ver si arranca el auto y logramos llegar al próximo pueblo…- Laura lo trajo y el auto arrancó…
Por fin encontraron la ruta y avanzaban sin dificultad, en el cielo se avecinaba una tormenta. Qué harían con el femur? Cuando sólo faltaban 35 kilómetros para el pueblo y se disponían a dejarlo a la vera de la ruta, comenzó una despiadada tormenta por lo que decidieron que lo mejor sería aceptar al hueso como compañero de viaje…
Ya en el hospedaje averiguaron sobre historias de ánimas en pena, tenían muchas para contarles que no arrojaban ninguna luz sobre los sucesos que ellos habían vivido. Sin embargo fue al otro día que encontraron la clave: venía al pueblo a dar una función Teatro por la identidad. Esa visita hizo que la dueña del hotel hablara de los veinte desaparecidos que habían tenido, eran obreros de la mina en tiempos muy politizados.
Al día siguiente y con el hueso en el baúl se encaminaron a la sala donde se daría la función. No había mucha gente, apenas unas quince personas. Un muchacho alto esperaba y se pusieron a conversar sobre la poca concurrencia.
-Siempre es mejor olvidar, aunque la historia vaya a ser contada por generaciones...- dijo Francisco, ese era su nombre, además de aclararles que él no podía hacer lo mismo porque uno de los desaparecidos había sido su padre.
Fue ahí cuando Nicolás le comentó lo sucedido en el camino y Francisco acercó la solución
- Es fácil, hubo varias lugares dónde buscamos acompañados por antropólogos para hallar la fosa común, pero no tuvimos buenos resultado. Hagamos así, me lo das y mañana hablo por teléfono y lo llevo para ver qué pasa…
Laura y Nicolás le dieron el hueso y precisiones de dónde lo habían hallado. Por fin tuvieron la intuición de que podrían seguir viaje tranquilos… Un mes después recibieron un mail de Francisco: a cincuenta metros del árbol quemado por el rayo estaba la fosa común y el fémur pertenecía a su padre…
- Que te parece si nos tomamos un descanso, bajamos, nos comemos algo de lo que llevamos ahí atrás, y hacemos el amor…
Laura lo miró con pánico, lo único que quería era retomar un camino cierto, era la quinta vez que intentaban para terminar haciendo un viaje en círculo. Pero tenía razón Nicolás, era necesario tomarse un respiro, e improvisaron un picnic. Después de un rato, y cuando a las tres de la tarde cuando comenzaba a hacer un poco de frío, fue ella quien lo descubrió tirado cerca de donde habían acampado:
-Ese hueso es humano, precisamente un fémur –comentó preocupada, sus estudios avanzados de medicina no podían hacerla equivocar.
Juntaron todo y se subieron al auto, pero no arrancaba. Es terrible perderse en algún lugar cuando las distancias son tan enormes, -pensó Nicolás – es como perderse en la nada… Le sobrevino la idea del triángulo de las Bermudas donde desaparecían las tripulaciones completas de los barcos. Luego se le ocurrió que también ellos podrían terminar siendo esqueletos tragados por un agujero negro virtual, perdidos en una inmensidad sin salida... Entonces tuvo una decisión arrojada:
- Laura traé ese hueso, lo vamos a usar como amuleto, a ver si arranca el auto y logramos llegar al próximo pueblo…- Laura lo trajo y el auto arrancó…
Por fin encontraron la ruta y avanzaban sin dificultad, en el cielo se avecinaba una tormenta. Qué harían con el femur? Cuando sólo faltaban 35 kilómetros para el pueblo y se disponían a dejarlo a la vera de la ruta, comenzó una despiadada tormenta por lo que decidieron que lo mejor sería aceptar al hueso como compañero de viaje…
Ya en el hospedaje averiguaron sobre historias de ánimas en pena, tenían muchas para contarles que no arrojaban ninguna luz sobre los sucesos que ellos habían vivido. Sin embargo fue al otro día que encontraron la clave: venía al pueblo a dar una función Teatro por la identidad. Esa visita hizo que la dueña del hotel hablara de los veinte desaparecidos que habían tenido, eran obreros de la mina en tiempos muy politizados.
Al día siguiente y con el hueso en el baúl se encaminaron a la sala donde se daría la función. No había mucha gente, apenas unas quince personas. Un muchacho alto esperaba y se pusieron a conversar sobre la poca concurrencia.
-Siempre es mejor olvidar, aunque la historia vaya a ser contada por generaciones...- dijo Francisco, ese era su nombre, además de aclararles que él no podía hacer lo mismo porque uno de los desaparecidos había sido su padre.
Fue ahí cuando Nicolás le comentó lo sucedido en el camino y Francisco acercó la solución
- Es fácil, hubo varias lugares dónde buscamos acompañados por antropólogos para hallar la fosa común, pero no tuvimos buenos resultado. Hagamos así, me lo das y mañana hablo por teléfono y lo llevo para ver qué pasa…
Laura y Nicolás le dieron el hueso y precisiones de dónde lo habían hallado. Por fin tuvieron la intuición de que podrían seguir viaje tranquilos… Un mes después recibieron un mail de Francisco: a cincuenta metros del árbol quemado por el rayo estaba la fosa común y el fémur pertenecía a su padre…
domingo, 16 de noviembre de 2008
Sopa otra vez...
Cabellos de ángeles sin sueños…Quiero abrir los ojos y me vuelvo a sumergir en el líquido tibio ligeramente aceitoso. Nado al lado de un fideo. Puedo reconocer que, como Sísifo, retomo el cuento una y mil veces. En vano trato de ponerle fin al trabajo que me hace transpirar y no logro más que revolverme en la cama. Vuelvo a hacer el esfuerzo de despertar. Otra vez sopa…
Me creía a salvo, quizá por la vana esperanza de que el deseo esté regido por las hormonas y las mías siguen una curva descendente. Animal raro el humano y los cincuenta marcan un punto de inflexión, o no…, a lo mejor los puntos de inflexión estén a la vuelta de la esquina… A decir verdad, yo vi al Aleph cuando comencé a chatear, hace poco, muy poco… Ahí lo conocí, en una sala virtual.
El enamoramiento es un traje que todos guardamos en el propio placard hasta el día de nuestra muerte, hoy lo sé, el mío estaba bien guardado, tanto que había olvidado su existencia. Soy soltera, profesora de historia, gran lectora y amante de la naturaleza y el arte. Confieso que siempre pensé que encontraría pareja, al menos hasta los cuarenta, después de perderme en un amor perdido. Luego enfermó mi madre y estuve largos años cuidándola. Lo demás, una buena vida, no hay por qué seguir los cánones establecidos para ser feliz, nunca sentí el no tener hijos, los alumnos me bastaron, por otra parte creo estar un poco anclada en mi propia adolescencia, por eso me llevo tan bien con ellos… Me reconozco idealista y algo extremista, me cuesta aceptar los grises.
Con Gustavo, así se llama, empezamos una fuerte relación hace tres meses. Todo era virtual hasta la tarde de ayer. Sabía todo de él, pero él era otro. Cuando lo conocí su voz…, sus fotos…, no era él. Lo ví más petizo de lo que me imaginaba, era más pelado y más viejo, en fin, una gran decepción… Un error. Traté de explicarle, sin herirlo, que me parecía que nuestra relación no funcionaría en la realidad, que éramos dos espíritus afines, dos almas gemelas…, y esa era la razón por la que nos llevábamos tan bien en la virtualidad. Por toda contestación me tomó desprevenida y me besó. Un beso, digamos, prudente. Traté de conservar la amabilidad y le dije que lo seguía apreciando pero que no, que no iba a poder ser… Me levanté y me fui.
Hasta ahí, la desilusión pero lo más terrible fue descubrir, casi en el mismo momento en que subí al subte, que mis labios sentían y que me había gustado el beso de un Gustavo corpóreo que no me gustaba… Luego vino la noche mal dormida y este trabajoso despertar… Suena el teléfono y por fin vuelvo. Es Gustavo...
Finalmente despierta y en el mundo tengo una decisión tomada: adaptar el traje de mi placard para este hombre. Y para el que diga que el enamoramiento es sólo una cuestión adolescente, que revise la Historia Universal, o en un gesto más posmoderno, aplique la Ley de la probabilidad a las historias particulares de los humanos! Después de eso, si se considera completamente a salvo, que tire la primera piedra!
Me creía a salvo, quizá por la vana esperanza de que el deseo esté regido por las hormonas y las mías siguen una curva descendente. Animal raro el humano y los cincuenta marcan un punto de inflexión, o no…, a lo mejor los puntos de inflexión estén a la vuelta de la esquina… A decir verdad, yo vi al Aleph cuando comencé a chatear, hace poco, muy poco… Ahí lo conocí, en una sala virtual.
El enamoramiento es un traje que todos guardamos en el propio placard hasta el día de nuestra muerte, hoy lo sé, el mío estaba bien guardado, tanto que había olvidado su existencia. Soy soltera, profesora de historia, gran lectora y amante de la naturaleza y el arte. Confieso que siempre pensé que encontraría pareja, al menos hasta los cuarenta, después de perderme en un amor perdido. Luego enfermó mi madre y estuve largos años cuidándola. Lo demás, una buena vida, no hay por qué seguir los cánones establecidos para ser feliz, nunca sentí el no tener hijos, los alumnos me bastaron, por otra parte creo estar un poco anclada en mi propia adolescencia, por eso me llevo tan bien con ellos… Me reconozco idealista y algo extremista, me cuesta aceptar los grises.
Con Gustavo, así se llama, empezamos una fuerte relación hace tres meses. Todo era virtual hasta la tarde de ayer. Sabía todo de él, pero él era otro. Cuando lo conocí su voz…, sus fotos…, no era él. Lo ví más petizo de lo que me imaginaba, era más pelado y más viejo, en fin, una gran decepción… Un error. Traté de explicarle, sin herirlo, que me parecía que nuestra relación no funcionaría en la realidad, que éramos dos espíritus afines, dos almas gemelas…, y esa era la razón por la que nos llevábamos tan bien en la virtualidad. Por toda contestación me tomó desprevenida y me besó. Un beso, digamos, prudente. Traté de conservar la amabilidad y le dije que lo seguía apreciando pero que no, que no iba a poder ser… Me levanté y me fui.
Hasta ahí, la desilusión pero lo más terrible fue descubrir, casi en el mismo momento en que subí al subte, que mis labios sentían y que me había gustado el beso de un Gustavo corpóreo que no me gustaba… Luego vino la noche mal dormida y este trabajoso despertar… Suena el teléfono y por fin vuelvo. Es Gustavo...
Finalmente despierta y en el mundo tengo una decisión tomada: adaptar el traje de mi placard para este hombre. Y para el que diga que el enamoramiento es sólo una cuestión adolescente, que revise la Historia Universal, o en un gesto más posmoderno, aplique la Ley de la probabilidad a las historias particulares de los humanos! Después de eso, si se considera completamente a salvo, que tire la primera piedra!
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