Cuando supo que los habían matado a los dos no pudo acotar palabra, sencillamente volvió a su casa casi corriendo y fue al baño, le solían pasar esos exabruptos incómodos cuando había una situación que la desbordaba. Simplemente le venían unos retorcijones en las tripas y su colon literalmente era incontenible. Eso fue lo que pasó cuando llegó a la cortina cerrada del supermercado chino pintada de celeste verdoso. La joven pareja había migrado recientemente, ella era muy simpática, entonces recordó que tenía en la cartera su escrito de hacía dos días. Por intermedio de Oscar, el chino que hablaba bien el español, le preguntó cómo estaba y ella terminó escribiéndole en una hoja, ese día no se la veía tan feliz como de costumbre. Oscar reprodujo su pregunta, medio como charada y ella, por respuesta, le había escrito en chino. Ahora estaba muerta.
Fue una, y otra, y otra vez al baño. Le habían hecho un estudio endoscópico que determinó que no tenía nada, digamos nada más que el intestino irritable por los nervios, quizá lo peor del diagnóstico era que no tenía cura. Más que no digerir la situación, Ana María estaba realmente asustada. “La mafia china es peligrosa”, había dicho su hijo cuando se postularon para inquilinos del local de la esquina. La primera vez que había oído hablar a alguien de la mafia china fue en Barcelona, en el Parque Guel, una mujer que vendía pañuelos descartables de puro aburrida se puso a conversar con ella sobre dónde vivía, un barrio marginal, y que hacía poco habían matado allí a un chino con el sistema de cortes desangrantes: cortes puntuales que aseguraban que no llegara a ser asistido, que iba a morir a los pocos minutos. Además de matar era evidente que el mensaje era amenazador y causaba terror.
En el Gran Buenos Aires los chinos habían sido asimilados como tantos inmigrantes, y parecían tener con nosotros, los argentinos, cierta afinidad. Pensó en la cautiva del cuento de Borges bebiendo la sangre de la vaca recién muerta, a la usanza india y se sobresaltó.
La casa de al lado de la suya también pertenecía a los chinos. La preocupaba una escalera muy alta apoyada en su pared lindera: podían perfectamente entrar a su casa por el fondo. Esa escalera nunca la había visto antes. La situación colmó cuando Oscar, que así lo habían rebautizado, tocó con insistencia su timbre varias veces durante esa tarde. Oscar era un chino feo, tenía la cara como más dura y su piel parecía de lija, no como la de los otros que se veía tersa y suave.
La joven pareja había sido muerta con arma blanca, arterias principales, la yugular, además en piernas y en brazos. Recordó que cuando era chica, su vecina Teresa, a las gallinas no les estiraba el pescuezo, las desangraba. Aunque ella nunca lo había visto siempre se la había imaginado entrando al gallinero cuando las gallinas buscaban su lugar para dormir. Se imaginaba que ni siquiera aleteaban o escapaban sino que perdían sus fuerzas con la sangre que se les iba. Ahora su mayor temor era pensar que “la gallina” podría ser ella, si esa chica le había escrito algo comprometido. Miraba una y otra vez la nota en esos caracteres indescifrables y mientras iba y venía del baño terminó encontrando una punta para desovillar su terrible preocupación: iría a lo de su tía, al lado había otro supermercado chino y acompañada de ella pediría que alguien leyese lo que decían esos incomprensibles símbolos.
Con la ventana sin reja de la cocina esa noche decidió trasladar un colchón allí y dormir con el perro y el aerosol de gas antirrobo al lado de ella. El amanecer los encontró durmiendo a ella y al perro a pata ancha, olvidados de la amenaza, y fue el insistente timbre de Oscar lo que la despertó. Miró por la mirilla y esperó que desistiera. Entonces llamó un remis y allí fue a dilucidar su pista… Grande fue la decepción cuando tradujeron “feliz compra” o “bienvenida su compra”.
En los noticieros y diarios hablaban del sospechado dueño del supermercado aunque se desconocían motivos. Ella, tan asidua visitante del supermercado y tan cercana físicamente al lugar como vecina próxima, nunca había visto a ningún dueño, Oscar no lo era, funcionaba como encargado o supervisor. Se aclaró, a medias, la insistencia de Oscar cuando le acercó la bolsa de compras suya que había olvidado el mismo día del asesinato a la tarde. Sin embargo en su terraza aparecieron tres bolsas de consorcio con carpetas escritas en chino, algunas ropas y vaya a saberse qué más. Evidentemente las habían dejado subiendo por la sospechosa escalera cuando ella y el perro dormían en la cocina con la luz prendida. Ana María las dejó allí a merced de la lluvia y sólo se atrevió a sacarlas a la puerta de calle dos meses después.
Tanto la casa como el supermercado tuvieron cartel de la inmobiliaria al otro día, y todos los chinos desaparecieron después de una mudanza nocturna. La imagen de la pareja feliz llegada a estas tierras quedaba en la tiniebla del horror. Ella, Ana Maria se prometió entonces no pisar más un supermercado chino. Le habia quedado muy en claro que los códigos mafiosos eran códigos mafiosos, acá y en la China…
miércoles, 10 de junio de 2009
sábado, 30 de mayo de 2009
Violeta chilensis, Las dos Fridas o relato de la pasión femenina
Con un pedazo de camisa entre los dientes corre por las estapas la loba; aúlla sobre el monte, recortada su silueta como negativo sobre la luna llena.
No sabía si quería matarlo o lo mató por error, ahora su dolor era inmenso. Desde pequeña gustaba sentir cómo corrían las tibias lágrimas sobre sus mejillas, pero este no era el caso… Ese macho la había herido en lo más profundo de su amor propio, pero como Narciso, estaba ahogándose en la laguna de su propio castigo.
Cómo, cuando, dónde, por qué, ¿¡qué hecho yo para merecer esto!? Es difícil que una mujer pueda reconocerse al borde de un ataque de nervios, mucho menos, en un ataque de nervios. Como el chimpancé que se parece tanto al humano, nos fascina y produce de inmediato la negación de nuestro antecesor genético, desconocemos a la femineidad sobreactuada de Almodovar. Y entonces tomamos postura : “algunas lo serán, ¡ no yo!” Indefectiblemente sobreviene el desconocimiento de la pertenencia al género.
Bipolares, únicas, diosas-estrellas, sometidas, débiles, majestuosas, lilis mambrades-trapecistas, rimombantes, soñadoras, esquizoides, consecuentes, líricas, resignadas, impetuosas, indomables, espectaculares, dramáticas, a veces trágicas… y siempre bellas. Bellas, bellas por sobre todas las cosas, culturalmente bellas, y sentirnos feas, pobres y miserables es posible, siempre cuando sigamos siendo parte de la belleza, porque cualquier cosa sobrecargada, gótica e inexorable termina decantando en lo bello.
La esencialidad de la belleza femenina, a través de todas las culturas, es un significante que, ni verdadero ni falso, resulta absolutamente repetible. Somos bellas porque así lo creemos, y porque vaya a saberse qué aroma nos hace así… Creo que es algo inherente al hembraje de todas las especies, o de la gran mayoría. Nosotras, aunque pavas reales sin cola, pequeñas pajaritas sin canto, miramos hacia el horizonte, más allá de lo que los machos puedan imaginar, miramos algo que ellos no alcanzan a comprender, somos indescifrables y misteriosas. Nos perdemos en las vueltas y las vueltas que construyeron nuestra propia identidad y que aparecen ocultas e inabordables para el hombre, tan misteriosas como las trompas de Falopio o esa pequeña explosión de óvulo maduro. Impredecibles como la órbita del electrón, a veces ni nosotras sabemos lo que queremos pero somos centro de gravedad, atracción y razón de curvatura de la luz.
Oscura belleza suicida, es difícil que seamos homicidas. Redirigimos, recalculamos y espectacularizamos: la loba no había matado a nadie, era un pedazo de camisa rota, el hombre tenía sólo un rasguño, y la vida que quitamos es la propia…
No sabía si quería matarlo o lo mató por error, ahora su dolor era inmenso. Desde pequeña gustaba sentir cómo corrían las tibias lágrimas sobre sus mejillas, pero este no era el caso… Ese macho la había herido en lo más profundo de su amor propio, pero como Narciso, estaba ahogándose en la laguna de su propio castigo.
Cómo, cuando, dónde, por qué, ¿¡qué hecho yo para merecer esto!? Es difícil que una mujer pueda reconocerse al borde de un ataque de nervios, mucho menos, en un ataque de nervios. Como el chimpancé que se parece tanto al humano, nos fascina y produce de inmediato la negación de nuestro antecesor genético, desconocemos a la femineidad sobreactuada de Almodovar. Y entonces tomamos postura : “algunas lo serán, ¡ no yo!” Indefectiblemente sobreviene el desconocimiento de la pertenencia al género.
Bipolares, únicas, diosas-estrellas, sometidas, débiles, majestuosas, lilis mambrades-trapecistas, rimombantes, soñadoras, esquizoides, consecuentes, líricas, resignadas, impetuosas, indomables, espectaculares, dramáticas, a veces trágicas… y siempre bellas. Bellas, bellas por sobre todas las cosas, culturalmente bellas, y sentirnos feas, pobres y miserables es posible, siempre cuando sigamos siendo parte de la belleza, porque cualquier cosa sobrecargada, gótica e inexorable termina decantando en lo bello.
La esencialidad de la belleza femenina, a través de todas las culturas, es un significante que, ni verdadero ni falso, resulta absolutamente repetible. Somos bellas porque así lo creemos, y porque vaya a saberse qué aroma nos hace así… Creo que es algo inherente al hembraje de todas las especies, o de la gran mayoría. Nosotras, aunque pavas reales sin cola, pequeñas pajaritas sin canto, miramos hacia el horizonte, más allá de lo que los machos puedan imaginar, miramos algo que ellos no alcanzan a comprender, somos indescifrables y misteriosas. Nos perdemos en las vueltas y las vueltas que construyeron nuestra propia identidad y que aparecen ocultas e inabordables para el hombre, tan misteriosas como las trompas de Falopio o esa pequeña explosión de óvulo maduro. Impredecibles como la órbita del electrón, a veces ni nosotras sabemos lo que queremos pero somos centro de gravedad, atracción y razón de curvatura de la luz.
Oscura belleza suicida, es difícil que seamos homicidas. Redirigimos, recalculamos y espectacularizamos: la loba no había matado a nadie, era un pedazo de camisa rota, el hombre tenía sólo un rasguño, y la vida que quitamos es la propia…
miércoles, 13 de mayo de 2009
viernes, 1 de mayo de 2009
Corazón dela…ta vacía
Retomó el libro donde lo había dejado antes, lo único que quería era volver a sumergirse en ese otro mundo, pero golpearon la puerta. Era un cuento de Poe, Corazón delator, un asesinato y el entierro del cuerpo debajo de los listones de madera del sótano. Sólo tres hojas y había recibido tantas interrupciones que no iba a abrir, muy probablemente sería algún vendedor ambulante. Sonó entonces el timbre, raro, muy raro, porque no funcionaba hasta ese momento. Dos timbres cortos, luego tres, uno y de vuelta tres. Era la clave. Sí, era la clave que usaba Beatriz, su vecina y amante durante dos a años… Tan bella Beatriz, tan hermosa, claro que tan joven como era, formaba parte de lo lógico. El enloquecía por ella, y ella, bueno, estaba tan necesitada…, digamos de todo, también de cariño y comprensión, el energúmeno de su marido la trataba muy mal y se jugaba el sueldo en el Bingo. Fue extraño escuchar el timbre, si estaba roto… Ella juró no verlo más cuando él se rehusó a darle plata, loco de celos, porque se iba de viaje a Miramar, y lo hizo, aunque en realidad a los quince días se mudaron porque no pagaban el alquiler hacía más de un año. Desalojarlos era casi imposible porque tenían nenes chicos, vaya a saberse si el último crio no era de él, tenía su pelo rubio y crespo… Se fueron cuando el dueño de la casa finalmente les ofreció dinero, y el carnicero le había contado que hasta el flete les pagó. El trató de saber a dónde se mudaron, pero no hubo caso, nadie lo sabía, tenían parientes en Entre Ríos, eran de allá.
Otra vez el timbre en código y sintió cómo la sangre se le amontonaba y el corazón le daba un brinco, le pesaron los brazos y las piernas. Esperó. Otra vez la señal. Con la boca seca se acercó y espió por la mirilla: allí estaba, bella como siempre, con el pelo más largo y teñido de rojo, parecía todavía más joven. Quedó a un costado de la puerta, sabía que iba a abrir, la tentación era muy fuerte, Beatriz era como una droga para él. Antes de hacerlo le habló: “Beatriz, cómo está, si me dá un minuto me visto y le abro”. Corrió entonces y levantó la tapa de pinotea que daba al sótano, allí guardaba la plata, todo lo que había cobrado de retroactivo de la pensión italiana. Con apresuramiento sacó mil dólares, eran mucho menos de lo que su necesidad valía. Trató de poner los veinte mil de nuevo en la lata y volverlos al mismo lugar pero la tapa de listones de pinotea no calzó bien, saltó sobre ella sin lograr que encajara. Pasó por el baño y se lavó la cara y el pene, se enjuagó la boca y ya temblando sacó la colonia y se echó medio frasco encima.
“Hola Oscar, cómo le va”, Beatriz, entró y se puso a llorar. El sintió como se deshacía de ternura por ella, se acercó, la besó y le puso una mano debajo del vestido, no tenía bombacha. Los mil dólares estaban sobre la mesa de la cocina, delante de sus ojos. “Espere, espere, por favor deme un té, vine sin comer ni tomar nada”. El sabía que ya estaba, que ella iba a estar con él nuevamente, “te hago el té y después eso es tuyo”, señalándole el dinero. Ella lo miró con sorpresa, “es mucho”, dijo. “Es tuyo” y le sirvió una taza de té .Ella pidió que la acompañara y acercó otra taza. El volvió al baño, tomó la pastilla de viagra y luego trajo las facturas que había comprado para la merienda. “Comelas, yo no tengo hambre”. “No, al menos una come vos”. El volvio a meter su mano entre sus piernas mientras tomaban el té. Ella fue a su cama, la foto de la difunta esposa seguía en la mesita de luz. Oscar se tiró sobre ella pero empezó a ver todo nublado y perdió la conciencia.
Despertó con la casa a oscuras, ya era de noche. Beatriz no estaba. Prendió la luz de la cocina y las dos tazas de té eran testigos, no lo había soñado. Se sentía embotado y furioso, se había llevado los mil dólares. En eso corrió a la pieza contigua, la tapa del sótano estaba fuera. No había más nada en la lata, todo su dinero había desaparecido. El corazón empezó a latirle desaforado, alcanzó a tomar un atenolol y a salir a la puerta. Su vecino de al lado lo llevó al hospital con urgencia y lo internaron en terapia intensiva. Después de casi dos días de latidos desbocados, el tercero estuvo mejor. Vino su nuera y su hijo a verlo. También su vecino, “Don Oscar, escuché su timbre y vi a Beatriz, me extrañó que sonara, son cosas del destino, igual le voy a decir con sinceridad que Ud ya no está para esos trotes, la próxima lo perdemos”. “Ni falta que me hace que me lo digas, lo que pasa es que nunca pude sostenerle bien la rienda al corazón”.
Otra vez el timbre en código y sintió cómo la sangre se le amontonaba y el corazón le daba un brinco, le pesaron los brazos y las piernas. Esperó. Otra vez la señal. Con la boca seca se acercó y espió por la mirilla: allí estaba, bella como siempre, con el pelo más largo y teñido de rojo, parecía todavía más joven. Quedó a un costado de la puerta, sabía que iba a abrir, la tentación era muy fuerte, Beatriz era como una droga para él. Antes de hacerlo le habló: “Beatriz, cómo está, si me dá un minuto me visto y le abro”. Corrió entonces y levantó la tapa de pinotea que daba al sótano, allí guardaba la plata, todo lo que había cobrado de retroactivo de la pensión italiana. Con apresuramiento sacó mil dólares, eran mucho menos de lo que su necesidad valía. Trató de poner los veinte mil de nuevo en la lata y volverlos al mismo lugar pero la tapa de listones de pinotea no calzó bien, saltó sobre ella sin lograr que encajara. Pasó por el baño y se lavó la cara y el pene, se enjuagó la boca y ya temblando sacó la colonia y se echó medio frasco encima.
“Hola Oscar, cómo le va”, Beatriz, entró y se puso a llorar. El sintió como se deshacía de ternura por ella, se acercó, la besó y le puso una mano debajo del vestido, no tenía bombacha. Los mil dólares estaban sobre la mesa de la cocina, delante de sus ojos. “Espere, espere, por favor deme un té, vine sin comer ni tomar nada”. El sabía que ya estaba, que ella iba a estar con él nuevamente, “te hago el té y después eso es tuyo”, señalándole el dinero. Ella lo miró con sorpresa, “es mucho”, dijo. “Es tuyo” y le sirvió una taza de té .Ella pidió que la acompañara y acercó otra taza. El volvió al baño, tomó la pastilla de viagra y luego trajo las facturas que había comprado para la merienda. “Comelas, yo no tengo hambre”. “No, al menos una come vos”. El volvio a meter su mano entre sus piernas mientras tomaban el té. Ella fue a su cama, la foto de la difunta esposa seguía en la mesita de luz. Oscar se tiró sobre ella pero empezó a ver todo nublado y perdió la conciencia.
Despertó con la casa a oscuras, ya era de noche. Beatriz no estaba. Prendió la luz de la cocina y las dos tazas de té eran testigos, no lo había soñado. Se sentía embotado y furioso, se había llevado los mil dólares. En eso corrió a la pieza contigua, la tapa del sótano estaba fuera. No había más nada en la lata, todo su dinero había desaparecido. El corazón empezó a latirle desaforado, alcanzó a tomar un atenolol y a salir a la puerta. Su vecino de al lado lo llevó al hospital con urgencia y lo internaron en terapia intensiva. Después de casi dos días de latidos desbocados, el tercero estuvo mejor. Vino su nuera y su hijo a verlo. También su vecino, “Don Oscar, escuché su timbre y vi a Beatriz, me extrañó que sonara, son cosas del destino, igual le voy a decir con sinceridad que Ud ya no está para esos trotes, la próxima lo perdemos”. “Ni falta que me hace que me lo digas, lo que pasa es que nunca pude sostenerle bien la rienda al corazón”.
jueves, 23 de abril de 2009
Japón, el imperio del sol naciente, en la isla de los recuerdos
Homenaje a Corin Tellado
La noria sigue rodando, y es una pena. Después de la gran explosión todo fue desanudándose, expandiéndose, desplegándose. Algo así como si se fuera ordenando, como una sinfonía, un gran espectáculo, un nacimiento memorable, una gran ecuación decididamente bella como un piano blanco de cola, una estrella o una lluvia de meteoritos. Y los colores, los colores fueron de inusitada e indescriptible voluptuosidad, aunque no sea una palabra adecuada para describirlos.
La inmortalidad, eso, eso es lo que podría, al menos, dar una idea cabal del sentimiento que los embargó e hizo que cayeran lágrimas de sus ojos y dejó sus bocas semiabiertas. Se sintieron inmortales por unos segundos. Muertos más allá de la muerte la eternidad les quedaba chica, algo seguía moviéndose por debajo.
Intentaron encontrar algunas palabras, quizá algo de inglés pero se les escabulló de las manos. No había más marco referencial que la vivencia acompasada ni más registro que un verbo que se deshacía en acción: nada iba a quedar de ellos juntos, como un sueño, emergerían de las tinieblas sin ser.
Todo comenzó con la ponencia de ella, auriculares de por medio y siguió con la de él. Algo había leído ella en la publicación científica de mayor tirada: Mutsuo, ese era su apellido, estaba trabajando sobre su mismo tema, nanotecnología aplicada a la biogenética. Ambos se reconocieron. Con lo que habían presentado auguraban una tesis que modificaría, y en mucho, las concepciones hasta ahora vigentes y abriría camino hacia otros horizontes hasta ahora sólo imaginados. Los dos íban a arribar a las mismas conclusiones por distintos caminos.
Esa noche el mozo le acercó una rosa, a varias mesas de por medio se paró un hombre que la saludó con una leve reverencia. Lo próximo fue la tarjeta de su habitación y una invitación para después de la cena: brindarían por los hallazgos hechos por cada uno y por ambos, escrito en el inglés poco fluido de los científicos.
El champagne en el balde, dos copas y un recibimiento poco esperado, sonaba un tango de Gardel y con gran esfuerzo pronunció “sintio un glan placel”. Brindaron por haberse conocido con una alegría pocas veces experimentada. Luego intentaron preguntarse acerca de sus respectivos trabajos pero en un momento él la besó. Ella se enojó o trató de hacerlo, pero le flaquearon las fuerzas y el deseo se impuso. En pocos minutos estaban desnudos.
Mientras las horas se desarmaban en la habitación del hotel, acechaba la despedida. El Congreso tenía solamente un día más de vida y su amor también. Buscó en su maleta y le dio un pañuelo de seda: “era de mi madre, y lo llevo conmigo en los grandes momentos, ahora es tuyo”, le dijo en un mal inglés.
Ya en Buenos Aires , tratando de disimular el terremoto que hubo debajo de sus pies, ella contestó a la pregunta de su marido acerca del pañuelo de seda: “Me lo regaló una anciana japonesa deseándome que me vaya muy bien en el Congreso, y así fue. Creo que me va a acompañar para siempre…”
La noria sigue rodando, y es una pena. Después de la gran explosión todo fue desanudándose, expandiéndose, desplegándose. Algo así como si se fuera ordenando, como una sinfonía, un gran espectáculo, un nacimiento memorable, una gran ecuación decididamente bella como un piano blanco de cola, una estrella o una lluvia de meteoritos. Y los colores, los colores fueron de inusitada e indescriptible voluptuosidad, aunque no sea una palabra adecuada para describirlos.
La inmortalidad, eso, eso es lo que podría, al menos, dar una idea cabal del sentimiento que los embargó e hizo que cayeran lágrimas de sus ojos y dejó sus bocas semiabiertas. Se sintieron inmortales por unos segundos. Muertos más allá de la muerte la eternidad les quedaba chica, algo seguía moviéndose por debajo.
Intentaron encontrar algunas palabras, quizá algo de inglés pero se les escabulló de las manos. No había más marco referencial que la vivencia acompasada ni más registro que un verbo que se deshacía en acción: nada iba a quedar de ellos juntos, como un sueño, emergerían de las tinieblas sin ser.
Todo comenzó con la ponencia de ella, auriculares de por medio y siguió con la de él. Algo había leído ella en la publicación científica de mayor tirada: Mutsuo, ese era su apellido, estaba trabajando sobre su mismo tema, nanotecnología aplicada a la biogenética. Ambos se reconocieron. Con lo que habían presentado auguraban una tesis que modificaría, y en mucho, las concepciones hasta ahora vigentes y abriría camino hacia otros horizontes hasta ahora sólo imaginados. Los dos íban a arribar a las mismas conclusiones por distintos caminos.
Esa noche el mozo le acercó una rosa, a varias mesas de por medio se paró un hombre que la saludó con una leve reverencia. Lo próximo fue la tarjeta de su habitación y una invitación para después de la cena: brindarían por los hallazgos hechos por cada uno y por ambos, escrito en el inglés poco fluido de los científicos.
El champagne en el balde, dos copas y un recibimiento poco esperado, sonaba un tango de Gardel y con gran esfuerzo pronunció “sintio un glan placel”. Brindaron por haberse conocido con una alegría pocas veces experimentada. Luego intentaron preguntarse acerca de sus respectivos trabajos pero en un momento él la besó. Ella se enojó o trató de hacerlo, pero le flaquearon las fuerzas y el deseo se impuso. En pocos minutos estaban desnudos.
Mientras las horas se desarmaban en la habitación del hotel, acechaba la despedida. El Congreso tenía solamente un día más de vida y su amor también. Buscó en su maleta y le dio un pañuelo de seda: “era de mi madre, y lo llevo conmigo en los grandes momentos, ahora es tuyo”, le dijo en un mal inglés.
Ya en Buenos Aires , tratando de disimular el terremoto que hubo debajo de sus pies, ella contestó a la pregunta de su marido acerca del pañuelo de seda: “Me lo regaló una anciana japonesa deseándome que me vaya muy bien en el Congreso, y así fue. Creo que me va a acompañar para siempre…”
jueves, 9 de abril de 2009
Algo de Nada…
La sensación de estar completa, llena, es exactamente la opuesta de estar vacía… El vacío es la muerte, pero he de aquí que la completud también, o al menos así creo. Si el universo se expande ocupando cada vez más espacio, lo hará hasta finalmente morir… Eso tiene un nombre, entropía, que significa la introducción del azar en un sistema, un desorden o disfunción . También existe la entropía para los agujeros negros, y así se explica el nacimiento del universo, a partir del big-bang o gran explosión de un agujero negro de altísima densidad… El Todo y la Nada, la muerte y el nacimiento en la excelente película de Kubrick, Marte como escenario de la odisea. Bueno, todo esto para discurrir acerca del domingo pasado y sus aconteceres…
Pienso, y creo estar equivocada. Sin embargo de no sentir esa sensación que dejó entrar un poco de nada, o de Nada, nunca hubiera ocurrido lo que ocurrió… Como la H, muda completamente para esta región ya que ni siquiera la aspiramos, que existir, existe, no cabe duda, y además nos cuidamos muy bien de ponerla como corresponde en el lugar preciso. Bueno, como les decía, suelo respetar la ortografía y cerrar muy bien las puertas que comunican con lo intangible, lo místico, lo religioso o lo inexplicable. No es cuestión de andar dejando espacio para que entre lo desconocido. Bueno, ese día no tenía todo bien agarrado, la lógica me resultaba aburrida y había estado tirando el I-ching. No para saber o preguntar acerca de algo en particular sino para jugar un poco…El I-Ching para mí tiene gusto a barrio y amistad casa de por medio, como llenar el tiempo de higuera , laureles y tardes enteras. El I-Ching es Adriana.
A veces, siendo de un signo de aire, géminis, necesito dejar lugar a la improvisación como para esperar algo de azar y sentirme sorprendida, entreabrir y entrarme a explorar en otros territorios. Bueno, como les contaba, eso fue lo que pasó ese domingo…
También es preciso desconocer lo ocurrido, al menos si se quiere seguir gozando de credibilidad, y por sobre todo no andar abonando famas que a la corta o a la larga terminen perjudicándola a una… Bueno, por eso pongo en duda todo, y más, podría decir que fue efecto de la tenue luz de ese domingo de otoño a las seis de la tarde. Sí, fue el domingo pasado, precisamente hace tres días, pero también se puede acrecentar la distancia-tiempo, sacarle eso de sentirlo tan “vivido”. y ubicarlo “a lo lejos y hace tiempo”.
Mi amiga Adriana estuvo conmigo, y fue así, así nomás, vino a visitarme, claro que si no les digo que ella murió hace tres años para cuatro, les parecería muy natural… Y no sólo ella sino también mi mamá, que le trató de explicar que las cosas debían ser como eran… Cabe aclararles que mi mamá murió hace cinco años…
Podría contarles que tenía dormidera, sensación de pesadez, que hacía esfuerzo por no quedarme dormida hasta que finalmente ocurrió, sin embargo no fue así. Otra fue la vez que me visitó Adriana cuando dormía y estoy segura que por la misma razón. El domingo estaba despierta, bien despierta y cuando vuelvo de la cocina con una taza de té con leche estaba allí sentada, la verdad, no me asusté. Le pregunté que qué hacía, lo primero que pensé era que también yo estaba por morir, pero no, no era eso, lo supe aunque no me habló. Ahí pensé que como lo hizo siempre en su vida, venía a contarme sus problemas, sólo que esta vez no hablaba, o al menos yo no podía comunicarme con ella, no me escuchaba… Entonces apareció mi vieja, que con mucha naturalidad le dijo que así debía ser y que lo olvidara… Era su marido, su ex –marido porque ahora era viudo, ella lo amaba y sin duda él a ella . Bueno, ahora estaba flaco y mas feliz, y ahí me entero por lo que decían Adriana y mi vieja que estaba saliendo con una mujer… Había estado largo tiempo descuidado, engordando hasta peligrosamente para alguien con antecedentes familiares de infarto y cincuenta años de edad. Catapultante mi vieja, mandó todos sus argumentos y los sentimientos de Adriana por los aires, sin miramiento. Pobre Adriana. Mi vieja era Escorpio y Adriana había nacido el mismo día que su hermana menor, un aries explosivo y sentimental, con mucha polenta pero incapaz de oponerse a las certezas sin misericordia que provienen de la naturaleza impiadosa del escorpión: “Y mejor que bendigas esa relación si la mujer es buena”, “por tus hijos”, agregó. En eso sonó el teléfono y ambas desaparecieron, ya no estaban.
Puedo hacer esfuerzos por creer que fue un sueño, aunque, para ser honesta con Uds, lo que racconto tuvo tanta realidad como la mía ahora escribiendo frente a la computadora…Sus presencias eran casi palpables, aunque solamente fui espectadora, también es cierto que nada podría haber dicho, me había quedado sin palabras, con lo difícil de imaginar para el que me conoce. Quizá porque no tenía consuelo para darle a mi amiga, a lo mejor también me faltaba ella a mí para escucharme. Lo cierto es que aprendí que los muertos consuelan a los muertos, o resuelven sus problemas, como lo hizo mi vieja al mejor estilo “Chinulli”, ese era su apodo y así la llamaba Adriana
Pienso, y creo estar equivocada. Sin embargo de no sentir esa sensación que dejó entrar un poco de nada, o de Nada, nunca hubiera ocurrido lo que ocurrió… Como la H, muda completamente para esta región ya que ni siquiera la aspiramos, que existir, existe, no cabe duda, y además nos cuidamos muy bien de ponerla como corresponde en el lugar preciso. Bueno, como les decía, suelo respetar la ortografía y cerrar muy bien las puertas que comunican con lo intangible, lo místico, lo religioso o lo inexplicable. No es cuestión de andar dejando espacio para que entre lo desconocido. Bueno, ese día no tenía todo bien agarrado, la lógica me resultaba aburrida y había estado tirando el I-ching. No para saber o preguntar acerca de algo en particular sino para jugar un poco…El I-Ching para mí tiene gusto a barrio y amistad casa de por medio, como llenar el tiempo de higuera , laureles y tardes enteras. El I-Ching es Adriana.
A veces, siendo de un signo de aire, géminis, necesito dejar lugar a la improvisación como para esperar algo de azar y sentirme sorprendida, entreabrir y entrarme a explorar en otros territorios. Bueno, como les contaba, eso fue lo que pasó ese domingo…
También es preciso desconocer lo ocurrido, al menos si se quiere seguir gozando de credibilidad, y por sobre todo no andar abonando famas que a la corta o a la larga terminen perjudicándola a una… Bueno, por eso pongo en duda todo, y más, podría decir que fue efecto de la tenue luz de ese domingo de otoño a las seis de la tarde. Sí, fue el domingo pasado, precisamente hace tres días, pero también se puede acrecentar la distancia-tiempo, sacarle eso de sentirlo tan “vivido”. y ubicarlo “a lo lejos y hace tiempo”.
Mi amiga Adriana estuvo conmigo, y fue así, así nomás, vino a visitarme, claro que si no les digo que ella murió hace tres años para cuatro, les parecería muy natural… Y no sólo ella sino también mi mamá, que le trató de explicar que las cosas debían ser como eran… Cabe aclararles que mi mamá murió hace cinco años…
Podría contarles que tenía dormidera, sensación de pesadez, que hacía esfuerzo por no quedarme dormida hasta que finalmente ocurrió, sin embargo no fue así. Otra fue la vez que me visitó Adriana cuando dormía y estoy segura que por la misma razón. El domingo estaba despierta, bien despierta y cuando vuelvo de la cocina con una taza de té con leche estaba allí sentada, la verdad, no me asusté. Le pregunté que qué hacía, lo primero que pensé era que también yo estaba por morir, pero no, no era eso, lo supe aunque no me habló. Ahí pensé que como lo hizo siempre en su vida, venía a contarme sus problemas, sólo que esta vez no hablaba, o al menos yo no podía comunicarme con ella, no me escuchaba… Entonces apareció mi vieja, que con mucha naturalidad le dijo que así debía ser y que lo olvidara… Era su marido, su ex –marido porque ahora era viudo, ella lo amaba y sin duda él a ella . Bueno, ahora estaba flaco y mas feliz, y ahí me entero por lo que decían Adriana y mi vieja que estaba saliendo con una mujer… Había estado largo tiempo descuidado, engordando hasta peligrosamente para alguien con antecedentes familiares de infarto y cincuenta años de edad. Catapultante mi vieja, mandó todos sus argumentos y los sentimientos de Adriana por los aires, sin miramiento. Pobre Adriana. Mi vieja era Escorpio y Adriana había nacido el mismo día que su hermana menor, un aries explosivo y sentimental, con mucha polenta pero incapaz de oponerse a las certezas sin misericordia que provienen de la naturaleza impiadosa del escorpión: “Y mejor que bendigas esa relación si la mujer es buena”, “por tus hijos”, agregó. En eso sonó el teléfono y ambas desaparecieron, ya no estaban.
Puedo hacer esfuerzos por creer que fue un sueño, aunque, para ser honesta con Uds, lo que racconto tuvo tanta realidad como la mía ahora escribiendo frente a la computadora…Sus presencias eran casi palpables, aunque solamente fui espectadora, también es cierto que nada podría haber dicho, me había quedado sin palabras, con lo difícil de imaginar para el que me conoce. Quizá porque no tenía consuelo para darle a mi amiga, a lo mejor también me faltaba ella a mí para escucharme. Lo cierto es que aprendí que los muertos consuelan a los muertos, o resuelven sus problemas, como lo hizo mi vieja al mejor estilo “Chinulli”, ese era su apodo y así la llamaba Adriana
viernes, 3 de abril de 2009
Vete destino o vente conmigo…
En el medio de un vagón de tren atestado que se dirigía al conurbano estaba Ella, una gran gallina amarilla y rubicunda con cuatro pequeños hijos. Gringa de la nueva oleada, ucraniana, de uno de esos países que la Europa comunitaria desprecia y los del Gran Buenos Aires también. Era gorda, vestía amarillo chillón con cinta en el pelo del mismo color y cachetes lustrosos. La ucraniana era mal vista por todos los que la rodeaban, por su tamaño, por sus hijos pequeños que se agarraban de su vestido y por el bebé rechoncho que llevaba en brazos… -Que se joda, para qué no se quedó en su país…
Los rostros de piel oscura y cabello negro, lacio y grueso, el mestizaje indio de la américa profunda y carenciada, también segregaba con actitudes xenófobas y racistas.
Los nenes lloriqueaban de calor y apretujamiento pero nadie se movió para hacerles lugar o darles un asiento. Los más grandes, que tendrían de cuatro a seis años le hablaban en ruso, o en su idioma que para todos en el vagón era ruso o chino, daba lo mismo…Aunque los coreanos y los chinos, de tanto fabricar ropa y fundar supermercados habían ascendido en el nivel de aceptación colectiva.
En un momento la mujer empezó a palidecer, se dio cuenta de ello un muchacho que la observaba como quien mira a un animal extraño, gotas de traspiración corrieron por su sien y se desvaneció como derretida entre la gente. El bebé gordote fue soltado justo cuando caía al suelo y robotó como pelota que no tiene espacio. Los hermanos formaron un círculo tratando de abrazarla . La mujer del otro continente se habia desmoronado como un edificio implosionado.
Llamen a un médico , avisen al guarda para que la atiendan en la próxima estación grito un punguista mientras aprovechaba la confusión para robar lo poco y nada de los pasajeros desprevenidos .En eso la mujer hizo una mueca con la boca dejando ver los dientes, algunos blancos y otros negros. Otro pasajero se acercó y puso su mano en la garganta y el pecho y decretó que estaba muerta. Por suerte los hijos de la mujer no entendieron porque no sabían castellano. Una vieja de manos temblorosas que estaba cerca , delgada y encorvada, se abrió paso hasta la mujer chillando, tenía en la mano un perfume que olía muy fuerte aún de lejos, frotó su nuca y sus sienes y lo acercó a su nariz. La mujer abrió los ojos y los chicos que lloraban la abrazaron y besaron.
Debió haber muerto, comentó un hombre de mediana edad, estos que vienen acá lo único que hacen es sacarnos lo poco que tenemos. Y encima cuatro críos, y capaz que el gobierno les está dando algún subsidio. Si este país es una joda, peruanos, bolivianos y hasta vaya a saberse de dónde vienen, y todo porque tenemos fama de tener vacas gordas…Nadie se hizo eco de lo que decía. De pronto todos se sintieron aliviados al ver que la mujer volvía a levantarse y hasta le ofrecieron un asiento…Quizá más de uno pensaba lo mismo que lo dicho por el hombre y entonces sobrevino la culpa colectiva. Quizá todos sintieron que eran descendientes de indios despojados y apaleados y de barcos llenos de inmigrantes muertos de hambre. También de algun negro esclavo perdido entre los antepasados, como lo contaban los labios carnosos y el pelo crespo del chico que se levantó para que se sentara. Más sangre de unos, menos de otros esa era la realidad nacional. Quizá la solidaridad, de extraña manera, se abre paso en tiempos difíciles.
Los rostros de piel oscura y cabello negro, lacio y grueso, el mestizaje indio de la américa profunda y carenciada, también segregaba con actitudes xenófobas y racistas.
Los nenes lloriqueaban de calor y apretujamiento pero nadie se movió para hacerles lugar o darles un asiento. Los más grandes, que tendrían de cuatro a seis años le hablaban en ruso, o en su idioma que para todos en el vagón era ruso o chino, daba lo mismo…Aunque los coreanos y los chinos, de tanto fabricar ropa y fundar supermercados habían ascendido en el nivel de aceptación colectiva.
En un momento la mujer empezó a palidecer, se dio cuenta de ello un muchacho que la observaba como quien mira a un animal extraño, gotas de traspiración corrieron por su sien y se desvaneció como derretida entre la gente. El bebé gordote fue soltado justo cuando caía al suelo y robotó como pelota que no tiene espacio. Los hermanos formaron un círculo tratando de abrazarla . La mujer del otro continente se habia desmoronado como un edificio implosionado.
Llamen a un médico , avisen al guarda para que la atiendan en la próxima estación grito un punguista mientras aprovechaba la confusión para robar lo poco y nada de los pasajeros desprevenidos .En eso la mujer hizo una mueca con la boca dejando ver los dientes, algunos blancos y otros negros. Otro pasajero se acercó y puso su mano en la garganta y el pecho y decretó que estaba muerta. Por suerte los hijos de la mujer no entendieron porque no sabían castellano. Una vieja de manos temblorosas que estaba cerca , delgada y encorvada, se abrió paso hasta la mujer chillando, tenía en la mano un perfume que olía muy fuerte aún de lejos, frotó su nuca y sus sienes y lo acercó a su nariz. La mujer abrió los ojos y los chicos que lloraban la abrazaron y besaron.
Debió haber muerto, comentó un hombre de mediana edad, estos que vienen acá lo único que hacen es sacarnos lo poco que tenemos. Y encima cuatro críos, y capaz que el gobierno les está dando algún subsidio. Si este país es una joda, peruanos, bolivianos y hasta vaya a saberse de dónde vienen, y todo porque tenemos fama de tener vacas gordas…Nadie se hizo eco de lo que decía. De pronto todos se sintieron aliviados al ver que la mujer volvía a levantarse y hasta le ofrecieron un asiento…Quizá más de uno pensaba lo mismo que lo dicho por el hombre y entonces sobrevino la culpa colectiva. Quizá todos sintieron que eran descendientes de indios despojados y apaleados y de barcos llenos de inmigrantes muertos de hambre. También de algun negro esclavo perdido entre los antepasados, como lo contaban los labios carnosos y el pelo crespo del chico que se levantó para que se sentara. Más sangre de unos, menos de otros esa era la realidad nacional. Quizá la solidaridad, de extraña manera, se abre paso en tiempos difíciles.
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