Sonó el timbre y ella fue a abrir la puerta. Era su marido.
-¡Ayyyy!-gritó ella_ ¡pero si vos estás muerto!
-Vos también Eva…, también vos… Quería que nos pusiéramos de acuerdo para no repetir eternamente esta escena…-Eva entonces dejó abierta la puerta para que él entrara, se sentó en el sillón y rompió a llorar:
-¡Es injusto, es muy injusto!
- Sí que lo es…
-Yo creía sinceramente en lo que hacía, hubiera dado mi vida para lograrlo.
-La diste…
-Y mi hija, qué hay de mi hija…
-Creció con su padre y la mujer de su padre.
-Y vos Domingo, qué hiciste después…
-Lo que venía haciendo…
- No entendía por qué siempre pendulabas, no lo entiendo …
- El país estaba formado por muchos, había que negociar para abarcar a todos, y por eso se necesitaba manejar las cosas al límite de lo ambiguo…Una marcha, un gran caudillo y vos, e hicimos que modificara la historia argentina…
- Usaste a los descamisados, me usaste a mí…
- Eso es la política. No puedo desconocer tu mérito, también es cierto que cada dos por tres reboleabas mi sable, el que estaba colgado sobre la chimenea, y lo tirabas por la ventana…
- Vos hacías discursos y no eran ciertos, y yo te apoyaba porque sabía que era tu esqueleto, sin mí todo tu ser hubiese caído como una masa amorfa, como ese pollo deshuesado para hacer arrollado.
- ¡Evita, eras mi mujer!
- Sí, “tu” mujer… Mujer para parir mi hija y verla a veces de lejos…Para venir de la plebe y saber actuar de lo que no se es… Para desafiar a los tigres con tres espinas…
-Más quisieran, los hombres del mundo, atreverse como vos te atreviste, usaste todo lo que tenías e inventaste lo que no tenías…
-No estamos acá para que me consueles Domingo, estamos acá porque te convoco a que me digas por qué dejaste caer todo lo que habíamos hecho, por qué, al menos no moriste en el 55 defendiendo lo que habíamos logrado. Sabés cuántos murieron en la Plaza?
- Eva, ves que no te ubicas bien, para qué servía muerto? Si era lo que querían los que me destituyeron.
- Para ser bandera Domingo, para no volver y provocar masacres… Me enteré de lo que hiciste en los 70…
- Evita, las banderas ya no existen, dejaron de tener valor …Y las masacres eran inevitables. Nacimos en un territorio que fue fundado sobre una ciudad sitiada, donde un hermano se comió al otro… Y a eso le siguieron la Mazorca, la Campaña al desierto, la Guerra al Paraguay, y sobre todo esa necesidad de carne asada y esa costumbre de cuchillo en mano… Por otra parte también el iluminismo fue pura mentira…
- ¿Existe la ciudad de los niños?
- Sí, y existis vos, vos más que yo… Vos connotada. La reina de la música pop, pop por popular, hizo una película con tu vida, un musical… Y anduvo un tiempo mimetizada con tu historia…
- Pura mierda Domingo! Sé lo que es arrastrarse, sentir hambre, hacer de puta, tener una hija y regalarla, morir de cáncer de útero, y amarte a vos, tan lábil, tan egocéntrico y voluble, tan peronista y narciso…Cuando empecé a tomar conciencia de parte de lo que te digo, juré que iba a hacer todo lo posible para ser vicepresidente. A mí me animaba otro fuego, un afán reinvindicatorio, el odio mascullado, la fuerza de ser osadamente rebelde, el apellido que no me dieron y el que tengo y me da orgullo. Soy Duarte, Juan Domingo Perón, y vos sos Perón porque yo te sostuve, sostuve tu majestuoso, enorme, y pesado títere de vos mismo, mientras vos lo manejabas deslumbrando! A vos la historia te creó, a mí la historia, mi historia personal sólo me sirvió de trampolín: me recree mil veces, mil me reinventé y te vengo a preguntar si no fue para nada… Si de nada sirvió, si destruiste todo después de mi muerte…
-Yo títere de mí, yo Narciso, y vos?
- Una gran actora, sí, actué de reina y no me disgustó, y millones de mujeres se identificaron conmigo, igual vos sabés qué me animaba, había perdido demasiado, había sido despreciada y maltratada, buscaba la reivindicación en mis descamisados, en los millones de hijos que tenía y que me idolatraban como Virgen… Hubiera sido más sencillo llevar el apellido de mi padre, casarme y poder criar a mi hija…Ser Virgen me disgustaba, no tenía poderes sobrenaturales para paliar el dolor del mundo, eso y no tener cerca a mi hija, sentirme culpable por abandonarla, hizo que me enfermara. Claro que hubiera sido más sencillo no ser Evita.
- No te lo creo…
- Y entonces por qué crees que mañana volverás a tocar esa puerta para ser interpelado por mí…
jueves, 25 de junio de 2009
miércoles, 17 de junio de 2009
El cazador oculto
El porvenir es tan irrevocable
Como el rígido ayer. No hay una cosa
Que no sea una letra silenciosa
De la eterna escritura indescifrable
Cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
De su casaya ha vuelto. Nuestra vida
Es la senda futura y recorrida.
El rigor ha tejido la madeja.
No te arredres. La ergástula es oscura,
La firme trama es de incesante hirro,
Pero en algún recodo de tu encierro
Puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha.
Pero en las grietas está Dios, que acecha
Jorge luis borges
El camino es fatal como la flecha, pero en las grietas está Dios que acecha… Dios, para Borges, pasa a ser artífice de la modificación del fatal destino. Los humanos, Sísifos incansables, constructores- de-constructores tienen la información en sus genes de su acontecer desde que eran primates hasta el homo sapiens. Es difícil determinar lo dionisíaco de lo apolíneo, qué es instinto y qué cultura, y hasta dónde impera la razón. Al fin y al cabo cómo cuánto nuestros saberes se distinguen de los de las cucarachas para seguir sobreviviendo sobre el planeta…
La teoría de lo pequeño nos incluye y en realidad define que tenemos tanta exposición al azar que podríamos esperar , lejos de cualquier vaticinio nefasto, sigamos en la faz de la tierra: hay un cazador de destinos, y ese es el Dios de Borges. Después de habernos erigido nosotros mismos en Dioses y de desequilibrar casi trágicamente la vida, cuando las empresas multinacionales se plantean como gobierno y los Estados dejan de ser naciones soberanas para cumplir funciones de gendarmes, la esperanza está puesta en ese cazador oculto, que acecha, cuando estamos en el más oscuro de los encierros. La posibilidad de crear una cultura universal que enarbole los principios kantianos del imperio de la razón parecería desvanecerse con el ideario de la Revolución Francesa, sin embargo el porvenir tiene aún la esperanza que nos otorga el cazador de destinos irrevocables, el cazador oculto que rompa “la firme trama de incesante hierro”… Dios es el azar que hace que se desate una tormenta en Nueva York con el pequeño gesto de aleteo de mariposa en Pekín. Dios, que en “algún recodo de nuestro encierro” hace una luz en una hendidura…
Patricia dejó de escribir, quizá , como simple mortal pensó que debería hablar de su pequeño universo, de su casa, sus perros , sus hijos, sus amigos y el arte… Quizá pensó que hubiera debido hablar del amor, que aparece sólo en los cuentos que escribe, quizá se le hizo evidente que era necesario hablar de ella…
Quizá del laberinto borgiano se escape por arriba, pensó, quizá sea un salto y nada más. A lo mejor Dios es verbo, es acción, y necesite encontrar sólo una excusa para dejarme atravesar por él.
Luego de escribir el texto que precedente, Patricia Sosa sacó un pasaje a la selva peruana ,al Amazonas, allí fue picada por una víbora. rememorando lo acaecido con el principito, pero, a diferencia del personaje de Saint Exupery, no murió sino que fue llevada ante los chamanes de la zona que lograron que el veneno detuviera su accionar. Después de estar inconsciente varios días logró volver a la conciencia con daño cerebral, por lo que perdió la capacidad de tener pensamiento abstracto. Ya no era inteligente, su coeficiente intelectual había sufrido un menoscabo irreparable. Sin embargo, o a lo mejor gracias a esta maravillosa incapacidad, conoció a un aborigen de excelente humor, se enamoró y se formó pareja con él… Actualmente vive en el Amazonas y se dedica al arte
Como el rígido ayer. No hay una cosa
Que no sea una letra silenciosa
De la eterna escritura indescifrable
Cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja
De su casaya ha vuelto. Nuestra vida
Es la senda futura y recorrida.
El rigor ha tejido la madeja.
No te arredres. La ergástula es oscura,
La firme trama es de incesante hirro,
Pero en algún recodo de tu encierro
Puede haber una luz, una hendidura.
El camino es fatal como la flecha.
Pero en las grietas está Dios, que acecha
Jorge luis borges
El camino es fatal como la flecha, pero en las grietas está Dios que acecha… Dios, para Borges, pasa a ser artífice de la modificación del fatal destino. Los humanos, Sísifos incansables, constructores- de-constructores tienen la información en sus genes de su acontecer desde que eran primates hasta el homo sapiens. Es difícil determinar lo dionisíaco de lo apolíneo, qué es instinto y qué cultura, y hasta dónde impera la razón. Al fin y al cabo cómo cuánto nuestros saberes se distinguen de los de las cucarachas para seguir sobreviviendo sobre el planeta…
La teoría de lo pequeño nos incluye y en realidad define que tenemos tanta exposición al azar que podríamos esperar , lejos de cualquier vaticinio nefasto, sigamos en la faz de la tierra: hay un cazador de destinos, y ese es el Dios de Borges. Después de habernos erigido nosotros mismos en Dioses y de desequilibrar casi trágicamente la vida, cuando las empresas multinacionales se plantean como gobierno y los Estados dejan de ser naciones soberanas para cumplir funciones de gendarmes, la esperanza está puesta en ese cazador oculto, que acecha, cuando estamos en el más oscuro de los encierros. La posibilidad de crear una cultura universal que enarbole los principios kantianos del imperio de la razón parecería desvanecerse con el ideario de la Revolución Francesa, sin embargo el porvenir tiene aún la esperanza que nos otorga el cazador de destinos irrevocables, el cazador oculto que rompa “la firme trama de incesante hierro”… Dios es el azar que hace que se desate una tormenta en Nueva York con el pequeño gesto de aleteo de mariposa en Pekín. Dios, que en “algún recodo de nuestro encierro” hace una luz en una hendidura…
Patricia dejó de escribir, quizá , como simple mortal pensó que debería hablar de su pequeño universo, de su casa, sus perros , sus hijos, sus amigos y el arte… Quizá pensó que hubiera debido hablar del amor, que aparece sólo en los cuentos que escribe, quizá se le hizo evidente que era necesario hablar de ella…
Quizá del laberinto borgiano se escape por arriba, pensó, quizá sea un salto y nada más. A lo mejor Dios es verbo, es acción, y necesite encontrar sólo una excusa para dejarme atravesar por él.
Luego de escribir el texto que precedente, Patricia Sosa sacó un pasaje a la selva peruana ,al Amazonas, allí fue picada por una víbora. rememorando lo acaecido con el principito, pero, a diferencia del personaje de Saint Exupery, no murió sino que fue llevada ante los chamanes de la zona que lograron que el veneno detuviera su accionar. Después de estar inconsciente varios días logró volver a la conciencia con daño cerebral, por lo que perdió la capacidad de tener pensamiento abstracto. Ya no era inteligente, su coeficiente intelectual había sufrido un menoscabo irreparable. Sin embargo, o a lo mejor gracias a esta maravillosa incapacidad, conoció a un aborigen de excelente humor, se enamoró y se formó pareja con él… Actualmente vive en el Amazonas y se dedica al arte
miércoles, 10 de junio de 2009
Feliz compra
Cuando supo que los habían matado a los dos no pudo acotar palabra, sencillamente volvió a su casa casi corriendo y fue al baño, le solían pasar esos exabruptos incómodos cuando había una situación que la desbordaba. Simplemente le venían unos retorcijones en las tripas y su colon literalmente era incontenible. Eso fue lo que pasó cuando llegó a la cortina cerrada del supermercado chino pintada de celeste verdoso. La joven pareja había migrado recientemente, ella era muy simpática, entonces recordó que tenía en la cartera su escrito de hacía dos días. Por intermedio de Oscar, el chino que hablaba bien el español, le preguntó cómo estaba y ella terminó escribiéndole en una hoja, ese día no se la veía tan feliz como de costumbre. Oscar reprodujo su pregunta, medio como charada y ella, por respuesta, le había escrito en chino. Ahora estaba muerta.
Fue una, y otra, y otra vez al baño. Le habían hecho un estudio endoscópico que determinó que no tenía nada, digamos nada más que el intestino irritable por los nervios, quizá lo peor del diagnóstico era que no tenía cura. Más que no digerir la situación, Ana María estaba realmente asustada. “La mafia china es peligrosa”, había dicho su hijo cuando se postularon para inquilinos del local de la esquina. La primera vez que había oído hablar a alguien de la mafia china fue en Barcelona, en el Parque Guel, una mujer que vendía pañuelos descartables de puro aburrida se puso a conversar con ella sobre dónde vivía, un barrio marginal, y que hacía poco habían matado allí a un chino con el sistema de cortes desangrantes: cortes puntuales que aseguraban que no llegara a ser asistido, que iba a morir a los pocos minutos. Además de matar era evidente que el mensaje era amenazador y causaba terror.
En el Gran Buenos Aires los chinos habían sido asimilados como tantos inmigrantes, y parecían tener con nosotros, los argentinos, cierta afinidad. Pensó en la cautiva del cuento de Borges bebiendo la sangre de la vaca recién muerta, a la usanza india y se sobresaltó.
La casa de al lado de la suya también pertenecía a los chinos. La preocupaba una escalera muy alta apoyada en su pared lindera: podían perfectamente entrar a su casa por el fondo. Esa escalera nunca la había visto antes. La situación colmó cuando Oscar, que así lo habían rebautizado, tocó con insistencia su timbre varias veces durante esa tarde. Oscar era un chino feo, tenía la cara como más dura y su piel parecía de lija, no como la de los otros que se veía tersa y suave.
La joven pareja había sido muerta con arma blanca, arterias principales, la yugular, además en piernas y en brazos. Recordó que cuando era chica, su vecina Teresa, a las gallinas no les estiraba el pescuezo, las desangraba. Aunque ella nunca lo había visto siempre se la había imaginado entrando al gallinero cuando las gallinas buscaban su lugar para dormir. Se imaginaba que ni siquiera aleteaban o escapaban sino que perdían sus fuerzas con la sangre que se les iba. Ahora su mayor temor era pensar que “la gallina” podría ser ella, si esa chica le había escrito algo comprometido. Miraba una y otra vez la nota en esos caracteres indescifrables y mientras iba y venía del baño terminó encontrando una punta para desovillar su terrible preocupación: iría a lo de su tía, al lado había otro supermercado chino y acompañada de ella pediría que alguien leyese lo que decían esos incomprensibles símbolos.
Con la ventana sin reja de la cocina esa noche decidió trasladar un colchón allí y dormir con el perro y el aerosol de gas antirrobo al lado de ella. El amanecer los encontró durmiendo a ella y al perro a pata ancha, olvidados de la amenaza, y fue el insistente timbre de Oscar lo que la despertó. Miró por la mirilla y esperó que desistiera. Entonces llamó un remis y allí fue a dilucidar su pista… Grande fue la decepción cuando tradujeron “feliz compra” o “bienvenida su compra”.
En los noticieros y diarios hablaban del sospechado dueño del supermercado aunque se desconocían motivos. Ella, tan asidua visitante del supermercado y tan cercana físicamente al lugar como vecina próxima, nunca había visto a ningún dueño, Oscar no lo era, funcionaba como encargado o supervisor. Se aclaró, a medias, la insistencia de Oscar cuando le acercó la bolsa de compras suya que había olvidado el mismo día del asesinato a la tarde. Sin embargo en su terraza aparecieron tres bolsas de consorcio con carpetas escritas en chino, algunas ropas y vaya a saberse qué más. Evidentemente las habían dejado subiendo por la sospechosa escalera cuando ella y el perro dormían en la cocina con la luz prendida. Ana María las dejó allí a merced de la lluvia y sólo se atrevió a sacarlas a la puerta de calle dos meses después.
Tanto la casa como el supermercado tuvieron cartel de la inmobiliaria al otro día, y todos los chinos desaparecieron después de una mudanza nocturna. La imagen de la pareja feliz llegada a estas tierras quedaba en la tiniebla del horror. Ella, Ana Maria se prometió entonces no pisar más un supermercado chino. Le habia quedado muy en claro que los códigos mafiosos eran códigos mafiosos, acá y en la China…
Fue una, y otra, y otra vez al baño. Le habían hecho un estudio endoscópico que determinó que no tenía nada, digamos nada más que el intestino irritable por los nervios, quizá lo peor del diagnóstico era que no tenía cura. Más que no digerir la situación, Ana María estaba realmente asustada. “La mafia china es peligrosa”, había dicho su hijo cuando se postularon para inquilinos del local de la esquina. La primera vez que había oído hablar a alguien de la mafia china fue en Barcelona, en el Parque Guel, una mujer que vendía pañuelos descartables de puro aburrida se puso a conversar con ella sobre dónde vivía, un barrio marginal, y que hacía poco habían matado allí a un chino con el sistema de cortes desangrantes: cortes puntuales que aseguraban que no llegara a ser asistido, que iba a morir a los pocos minutos. Además de matar era evidente que el mensaje era amenazador y causaba terror.
En el Gran Buenos Aires los chinos habían sido asimilados como tantos inmigrantes, y parecían tener con nosotros, los argentinos, cierta afinidad. Pensó en la cautiva del cuento de Borges bebiendo la sangre de la vaca recién muerta, a la usanza india y se sobresaltó.
La casa de al lado de la suya también pertenecía a los chinos. La preocupaba una escalera muy alta apoyada en su pared lindera: podían perfectamente entrar a su casa por el fondo. Esa escalera nunca la había visto antes. La situación colmó cuando Oscar, que así lo habían rebautizado, tocó con insistencia su timbre varias veces durante esa tarde. Oscar era un chino feo, tenía la cara como más dura y su piel parecía de lija, no como la de los otros que se veía tersa y suave.
La joven pareja había sido muerta con arma blanca, arterias principales, la yugular, además en piernas y en brazos. Recordó que cuando era chica, su vecina Teresa, a las gallinas no les estiraba el pescuezo, las desangraba. Aunque ella nunca lo había visto siempre se la había imaginado entrando al gallinero cuando las gallinas buscaban su lugar para dormir. Se imaginaba que ni siquiera aleteaban o escapaban sino que perdían sus fuerzas con la sangre que se les iba. Ahora su mayor temor era pensar que “la gallina” podría ser ella, si esa chica le había escrito algo comprometido. Miraba una y otra vez la nota en esos caracteres indescifrables y mientras iba y venía del baño terminó encontrando una punta para desovillar su terrible preocupación: iría a lo de su tía, al lado había otro supermercado chino y acompañada de ella pediría que alguien leyese lo que decían esos incomprensibles símbolos.
Con la ventana sin reja de la cocina esa noche decidió trasladar un colchón allí y dormir con el perro y el aerosol de gas antirrobo al lado de ella. El amanecer los encontró durmiendo a ella y al perro a pata ancha, olvidados de la amenaza, y fue el insistente timbre de Oscar lo que la despertó. Miró por la mirilla y esperó que desistiera. Entonces llamó un remis y allí fue a dilucidar su pista… Grande fue la decepción cuando tradujeron “feliz compra” o “bienvenida su compra”.
En los noticieros y diarios hablaban del sospechado dueño del supermercado aunque se desconocían motivos. Ella, tan asidua visitante del supermercado y tan cercana físicamente al lugar como vecina próxima, nunca había visto a ningún dueño, Oscar no lo era, funcionaba como encargado o supervisor. Se aclaró, a medias, la insistencia de Oscar cuando le acercó la bolsa de compras suya que había olvidado el mismo día del asesinato a la tarde. Sin embargo en su terraza aparecieron tres bolsas de consorcio con carpetas escritas en chino, algunas ropas y vaya a saberse qué más. Evidentemente las habían dejado subiendo por la sospechosa escalera cuando ella y el perro dormían en la cocina con la luz prendida. Ana María las dejó allí a merced de la lluvia y sólo se atrevió a sacarlas a la puerta de calle dos meses después.
Tanto la casa como el supermercado tuvieron cartel de la inmobiliaria al otro día, y todos los chinos desaparecieron después de una mudanza nocturna. La imagen de la pareja feliz llegada a estas tierras quedaba en la tiniebla del horror. Ella, Ana Maria se prometió entonces no pisar más un supermercado chino. Le habia quedado muy en claro que los códigos mafiosos eran códigos mafiosos, acá y en la China…
sábado, 30 de mayo de 2009
Violeta chilensis, Las dos Fridas o relato de la pasión femenina
Con un pedazo de camisa entre los dientes corre por las estapas la loba; aúlla sobre el monte, recortada su silueta como negativo sobre la luna llena.
No sabía si quería matarlo o lo mató por error, ahora su dolor era inmenso. Desde pequeña gustaba sentir cómo corrían las tibias lágrimas sobre sus mejillas, pero este no era el caso… Ese macho la había herido en lo más profundo de su amor propio, pero como Narciso, estaba ahogándose en la laguna de su propio castigo.
Cómo, cuando, dónde, por qué, ¿¡qué hecho yo para merecer esto!? Es difícil que una mujer pueda reconocerse al borde de un ataque de nervios, mucho menos, en un ataque de nervios. Como el chimpancé que se parece tanto al humano, nos fascina y produce de inmediato la negación de nuestro antecesor genético, desconocemos a la femineidad sobreactuada de Almodovar. Y entonces tomamos postura : “algunas lo serán, ¡ no yo!” Indefectiblemente sobreviene el desconocimiento de la pertenencia al género.
Bipolares, únicas, diosas-estrellas, sometidas, débiles, majestuosas, lilis mambrades-trapecistas, rimombantes, soñadoras, esquizoides, consecuentes, líricas, resignadas, impetuosas, indomables, espectaculares, dramáticas, a veces trágicas… y siempre bellas. Bellas, bellas por sobre todas las cosas, culturalmente bellas, y sentirnos feas, pobres y miserables es posible, siempre cuando sigamos siendo parte de la belleza, porque cualquier cosa sobrecargada, gótica e inexorable termina decantando en lo bello.
La esencialidad de la belleza femenina, a través de todas las culturas, es un significante que, ni verdadero ni falso, resulta absolutamente repetible. Somos bellas porque así lo creemos, y porque vaya a saberse qué aroma nos hace así… Creo que es algo inherente al hembraje de todas las especies, o de la gran mayoría. Nosotras, aunque pavas reales sin cola, pequeñas pajaritas sin canto, miramos hacia el horizonte, más allá de lo que los machos puedan imaginar, miramos algo que ellos no alcanzan a comprender, somos indescifrables y misteriosas. Nos perdemos en las vueltas y las vueltas que construyeron nuestra propia identidad y que aparecen ocultas e inabordables para el hombre, tan misteriosas como las trompas de Falopio o esa pequeña explosión de óvulo maduro. Impredecibles como la órbita del electrón, a veces ni nosotras sabemos lo que queremos pero somos centro de gravedad, atracción y razón de curvatura de la luz.
Oscura belleza suicida, es difícil que seamos homicidas. Redirigimos, recalculamos y espectacularizamos: la loba no había matado a nadie, era un pedazo de camisa rota, el hombre tenía sólo un rasguño, y la vida que quitamos es la propia…
No sabía si quería matarlo o lo mató por error, ahora su dolor era inmenso. Desde pequeña gustaba sentir cómo corrían las tibias lágrimas sobre sus mejillas, pero este no era el caso… Ese macho la había herido en lo más profundo de su amor propio, pero como Narciso, estaba ahogándose en la laguna de su propio castigo.
Cómo, cuando, dónde, por qué, ¿¡qué hecho yo para merecer esto!? Es difícil que una mujer pueda reconocerse al borde de un ataque de nervios, mucho menos, en un ataque de nervios. Como el chimpancé que se parece tanto al humano, nos fascina y produce de inmediato la negación de nuestro antecesor genético, desconocemos a la femineidad sobreactuada de Almodovar. Y entonces tomamos postura : “algunas lo serán, ¡ no yo!” Indefectiblemente sobreviene el desconocimiento de la pertenencia al género.
Bipolares, únicas, diosas-estrellas, sometidas, débiles, majestuosas, lilis mambrades-trapecistas, rimombantes, soñadoras, esquizoides, consecuentes, líricas, resignadas, impetuosas, indomables, espectaculares, dramáticas, a veces trágicas… y siempre bellas. Bellas, bellas por sobre todas las cosas, culturalmente bellas, y sentirnos feas, pobres y miserables es posible, siempre cuando sigamos siendo parte de la belleza, porque cualquier cosa sobrecargada, gótica e inexorable termina decantando en lo bello.
La esencialidad de la belleza femenina, a través de todas las culturas, es un significante que, ni verdadero ni falso, resulta absolutamente repetible. Somos bellas porque así lo creemos, y porque vaya a saberse qué aroma nos hace así… Creo que es algo inherente al hembraje de todas las especies, o de la gran mayoría. Nosotras, aunque pavas reales sin cola, pequeñas pajaritas sin canto, miramos hacia el horizonte, más allá de lo que los machos puedan imaginar, miramos algo que ellos no alcanzan a comprender, somos indescifrables y misteriosas. Nos perdemos en las vueltas y las vueltas que construyeron nuestra propia identidad y que aparecen ocultas e inabordables para el hombre, tan misteriosas como las trompas de Falopio o esa pequeña explosión de óvulo maduro. Impredecibles como la órbita del electrón, a veces ni nosotras sabemos lo que queremos pero somos centro de gravedad, atracción y razón de curvatura de la luz.
Oscura belleza suicida, es difícil que seamos homicidas. Redirigimos, recalculamos y espectacularizamos: la loba no había matado a nadie, era un pedazo de camisa rota, el hombre tenía sólo un rasguño, y la vida que quitamos es la propia…
miércoles, 13 de mayo de 2009
viernes, 1 de mayo de 2009
Corazón dela…ta vacía
Retomó el libro donde lo había dejado antes, lo único que quería era volver a sumergirse en ese otro mundo, pero golpearon la puerta. Era un cuento de Poe, Corazón delator, un asesinato y el entierro del cuerpo debajo de los listones de madera del sótano. Sólo tres hojas y había recibido tantas interrupciones que no iba a abrir, muy probablemente sería algún vendedor ambulante. Sonó entonces el timbre, raro, muy raro, porque no funcionaba hasta ese momento. Dos timbres cortos, luego tres, uno y de vuelta tres. Era la clave. Sí, era la clave que usaba Beatriz, su vecina y amante durante dos a años… Tan bella Beatriz, tan hermosa, claro que tan joven como era, formaba parte de lo lógico. El enloquecía por ella, y ella, bueno, estaba tan necesitada…, digamos de todo, también de cariño y comprensión, el energúmeno de su marido la trataba muy mal y se jugaba el sueldo en el Bingo. Fue extraño escuchar el timbre, si estaba roto… Ella juró no verlo más cuando él se rehusó a darle plata, loco de celos, porque se iba de viaje a Miramar, y lo hizo, aunque en realidad a los quince días se mudaron porque no pagaban el alquiler hacía más de un año. Desalojarlos era casi imposible porque tenían nenes chicos, vaya a saberse si el último crio no era de él, tenía su pelo rubio y crespo… Se fueron cuando el dueño de la casa finalmente les ofreció dinero, y el carnicero le había contado que hasta el flete les pagó. El trató de saber a dónde se mudaron, pero no hubo caso, nadie lo sabía, tenían parientes en Entre Ríos, eran de allá.
Otra vez el timbre en código y sintió cómo la sangre se le amontonaba y el corazón le daba un brinco, le pesaron los brazos y las piernas. Esperó. Otra vez la señal. Con la boca seca se acercó y espió por la mirilla: allí estaba, bella como siempre, con el pelo más largo y teñido de rojo, parecía todavía más joven. Quedó a un costado de la puerta, sabía que iba a abrir, la tentación era muy fuerte, Beatriz era como una droga para él. Antes de hacerlo le habló: “Beatriz, cómo está, si me dá un minuto me visto y le abro”. Corrió entonces y levantó la tapa de pinotea que daba al sótano, allí guardaba la plata, todo lo que había cobrado de retroactivo de la pensión italiana. Con apresuramiento sacó mil dólares, eran mucho menos de lo que su necesidad valía. Trató de poner los veinte mil de nuevo en la lata y volverlos al mismo lugar pero la tapa de listones de pinotea no calzó bien, saltó sobre ella sin lograr que encajara. Pasó por el baño y se lavó la cara y el pene, se enjuagó la boca y ya temblando sacó la colonia y se echó medio frasco encima.
“Hola Oscar, cómo le va”, Beatriz, entró y se puso a llorar. El sintió como se deshacía de ternura por ella, se acercó, la besó y le puso una mano debajo del vestido, no tenía bombacha. Los mil dólares estaban sobre la mesa de la cocina, delante de sus ojos. “Espere, espere, por favor deme un té, vine sin comer ni tomar nada”. El sabía que ya estaba, que ella iba a estar con él nuevamente, “te hago el té y después eso es tuyo”, señalándole el dinero. Ella lo miró con sorpresa, “es mucho”, dijo. “Es tuyo” y le sirvió una taza de té .Ella pidió que la acompañara y acercó otra taza. El volvió al baño, tomó la pastilla de viagra y luego trajo las facturas que había comprado para la merienda. “Comelas, yo no tengo hambre”. “No, al menos una come vos”. El volvio a meter su mano entre sus piernas mientras tomaban el té. Ella fue a su cama, la foto de la difunta esposa seguía en la mesita de luz. Oscar se tiró sobre ella pero empezó a ver todo nublado y perdió la conciencia.
Despertó con la casa a oscuras, ya era de noche. Beatriz no estaba. Prendió la luz de la cocina y las dos tazas de té eran testigos, no lo había soñado. Se sentía embotado y furioso, se había llevado los mil dólares. En eso corrió a la pieza contigua, la tapa del sótano estaba fuera. No había más nada en la lata, todo su dinero había desaparecido. El corazón empezó a latirle desaforado, alcanzó a tomar un atenolol y a salir a la puerta. Su vecino de al lado lo llevó al hospital con urgencia y lo internaron en terapia intensiva. Después de casi dos días de latidos desbocados, el tercero estuvo mejor. Vino su nuera y su hijo a verlo. También su vecino, “Don Oscar, escuché su timbre y vi a Beatriz, me extrañó que sonara, son cosas del destino, igual le voy a decir con sinceridad que Ud ya no está para esos trotes, la próxima lo perdemos”. “Ni falta que me hace que me lo digas, lo que pasa es que nunca pude sostenerle bien la rienda al corazón”.
Otra vez el timbre en código y sintió cómo la sangre se le amontonaba y el corazón le daba un brinco, le pesaron los brazos y las piernas. Esperó. Otra vez la señal. Con la boca seca se acercó y espió por la mirilla: allí estaba, bella como siempre, con el pelo más largo y teñido de rojo, parecía todavía más joven. Quedó a un costado de la puerta, sabía que iba a abrir, la tentación era muy fuerte, Beatriz era como una droga para él. Antes de hacerlo le habló: “Beatriz, cómo está, si me dá un minuto me visto y le abro”. Corrió entonces y levantó la tapa de pinotea que daba al sótano, allí guardaba la plata, todo lo que había cobrado de retroactivo de la pensión italiana. Con apresuramiento sacó mil dólares, eran mucho menos de lo que su necesidad valía. Trató de poner los veinte mil de nuevo en la lata y volverlos al mismo lugar pero la tapa de listones de pinotea no calzó bien, saltó sobre ella sin lograr que encajara. Pasó por el baño y se lavó la cara y el pene, se enjuagó la boca y ya temblando sacó la colonia y se echó medio frasco encima.
“Hola Oscar, cómo le va”, Beatriz, entró y se puso a llorar. El sintió como se deshacía de ternura por ella, se acercó, la besó y le puso una mano debajo del vestido, no tenía bombacha. Los mil dólares estaban sobre la mesa de la cocina, delante de sus ojos. “Espere, espere, por favor deme un té, vine sin comer ni tomar nada”. El sabía que ya estaba, que ella iba a estar con él nuevamente, “te hago el té y después eso es tuyo”, señalándole el dinero. Ella lo miró con sorpresa, “es mucho”, dijo. “Es tuyo” y le sirvió una taza de té .Ella pidió que la acompañara y acercó otra taza. El volvió al baño, tomó la pastilla de viagra y luego trajo las facturas que había comprado para la merienda. “Comelas, yo no tengo hambre”. “No, al menos una come vos”. El volvio a meter su mano entre sus piernas mientras tomaban el té. Ella fue a su cama, la foto de la difunta esposa seguía en la mesita de luz. Oscar se tiró sobre ella pero empezó a ver todo nublado y perdió la conciencia.
Despertó con la casa a oscuras, ya era de noche. Beatriz no estaba. Prendió la luz de la cocina y las dos tazas de té eran testigos, no lo había soñado. Se sentía embotado y furioso, se había llevado los mil dólares. En eso corrió a la pieza contigua, la tapa del sótano estaba fuera. No había más nada en la lata, todo su dinero había desaparecido. El corazón empezó a latirle desaforado, alcanzó a tomar un atenolol y a salir a la puerta. Su vecino de al lado lo llevó al hospital con urgencia y lo internaron en terapia intensiva. Después de casi dos días de latidos desbocados, el tercero estuvo mejor. Vino su nuera y su hijo a verlo. También su vecino, “Don Oscar, escuché su timbre y vi a Beatriz, me extrañó que sonara, son cosas del destino, igual le voy a decir con sinceridad que Ud ya no está para esos trotes, la próxima lo perdemos”. “Ni falta que me hace que me lo digas, lo que pasa es que nunca pude sostenerle bien la rienda al corazón”.
jueves, 23 de abril de 2009
Japón, el imperio del sol naciente, en la isla de los recuerdos
Homenaje a Corin Tellado
La noria sigue rodando, y es una pena. Después de la gran explosión todo fue desanudándose, expandiéndose, desplegándose. Algo así como si se fuera ordenando, como una sinfonía, un gran espectáculo, un nacimiento memorable, una gran ecuación decididamente bella como un piano blanco de cola, una estrella o una lluvia de meteoritos. Y los colores, los colores fueron de inusitada e indescriptible voluptuosidad, aunque no sea una palabra adecuada para describirlos.
La inmortalidad, eso, eso es lo que podría, al menos, dar una idea cabal del sentimiento que los embargó e hizo que cayeran lágrimas de sus ojos y dejó sus bocas semiabiertas. Se sintieron inmortales por unos segundos. Muertos más allá de la muerte la eternidad les quedaba chica, algo seguía moviéndose por debajo.
Intentaron encontrar algunas palabras, quizá algo de inglés pero se les escabulló de las manos. No había más marco referencial que la vivencia acompasada ni más registro que un verbo que se deshacía en acción: nada iba a quedar de ellos juntos, como un sueño, emergerían de las tinieblas sin ser.
Todo comenzó con la ponencia de ella, auriculares de por medio y siguió con la de él. Algo había leído ella en la publicación científica de mayor tirada: Mutsuo, ese era su apellido, estaba trabajando sobre su mismo tema, nanotecnología aplicada a la biogenética. Ambos se reconocieron. Con lo que habían presentado auguraban una tesis que modificaría, y en mucho, las concepciones hasta ahora vigentes y abriría camino hacia otros horizontes hasta ahora sólo imaginados. Los dos íban a arribar a las mismas conclusiones por distintos caminos.
Esa noche el mozo le acercó una rosa, a varias mesas de por medio se paró un hombre que la saludó con una leve reverencia. Lo próximo fue la tarjeta de su habitación y una invitación para después de la cena: brindarían por los hallazgos hechos por cada uno y por ambos, escrito en el inglés poco fluido de los científicos.
El champagne en el balde, dos copas y un recibimiento poco esperado, sonaba un tango de Gardel y con gran esfuerzo pronunció “sintio un glan placel”. Brindaron por haberse conocido con una alegría pocas veces experimentada. Luego intentaron preguntarse acerca de sus respectivos trabajos pero en un momento él la besó. Ella se enojó o trató de hacerlo, pero le flaquearon las fuerzas y el deseo se impuso. En pocos minutos estaban desnudos.
Mientras las horas se desarmaban en la habitación del hotel, acechaba la despedida. El Congreso tenía solamente un día más de vida y su amor también. Buscó en su maleta y le dio un pañuelo de seda: “era de mi madre, y lo llevo conmigo en los grandes momentos, ahora es tuyo”, le dijo en un mal inglés.
Ya en Buenos Aires , tratando de disimular el terremoto que hubo debajo de sus pies, ella contestó a la pregunta de su marido acerca del pañuelo de seda: “Me lo regaló una anciana japonesa deseándome que me vaya muy bien en el Congreso, y así fue. Creo que me va a acompañar para siempre…”
La noria sigue rodando, y es una pena. Después de la gran explosión todo fue desanudándose, expandiéndose, desplegándose. Algo así como si se fuera ordenando, como una sinfonía, un gran espectáculo, un nacimiento memorable, una gran ecuación decididamente bella como un piano blanco de cola, una estrella o una lluvia de meteoritos. Y los colores, los colores fueron de inusitada e indescriptible voluptuosidad, aunque no sea una palabra adecuada para describirlos.
La inmortalidad, eso, eso es lo que podría, al menos, dar una idea cabal del sentimiento que los embargó e hizo que cayeran lágrimas de sus ojos y dejó sus bocas semiabiertas. Se sintieron inmortales por unos segundos. Muertos más allá de la muerte la eternidad les quedaba chica, algo seguía moviéndose por debajo.
Intentaron encontrar algunas palabras, quizá algo de inglés pero se les escabulló de las manos. No había más marco referencial que la vivencia acompasada ni más registro que un verbo que se deshacía en acción: nada iba a quedar de ellos juntos, como un sueño, emergerían de las tinieblas sin ser.
Todo comenzó con la ponencia de ella, auriculares de por medio y siguió con la de él. Algo había leído ella en la publicación científica de mayor tirada: Mutsuo, ese era su apellido, estaba trabajando sobre su mismo tema, nanotecnología aplicada a la biogenética. Ambos se reconocieron. Con lo que habían presentado auguraban una tesis que modificaría, y en mucho, las concepciones hasta ahora vigentes y abriría camino hacia otros horizontes hasta ahora sólo imaginados. Los dos íban a arribar a las mismas conclusiones por distintos caminos.
Esa noche el mozo le acercó una rosa, a varias mesas de por medio se paró un hombre que la saludó con una leve reverencia. Lo próximo fue la tarjeta de su habitación y una invitación para después de la cena: brindarían por los hallazgos hechos por cada uno y por ambos, escrito en el inglés poco fluido de los científicos.
El champagne en el balde, dos copas y un recibimiento poco esperado, sonaba un tango de Gardel y con gran esfuerzo pronunció “sintio un glan placel”. Brindaron por haberse conocido con una alegría pocas veces experimentada. Luego intentaron preguntarse acerca de sus respectivos trabajos pero en un momento él la besó. Ella se enojó o trató de hacerlo, pero le flaquearon las fuerzas y el deseo se impuso. En pocos minutos estaban desnudos.
Mientras las horas se desarmaban en la habitación del hotel, acechaba la despedida. El Congreso tenía solamente un día más de vida y su amor también. Buscó en su maleta y le dio un pañuelo de seda: “era de mi madre, y lo llevo conmigo en los grandes momentos, ahora es tuyo”, le dijo en un mal inglés.
Ya en Buenos Aires , tratando de disimular el terremoto que hubo debajo de sus pies, ella contestó a la pregunta de su marido acerca del pañuelo de seda: “Me lo regaló una anciana japonesa deseándome que me vaya muy bien en el Congreso, y así fue. Creo que me va a acompañar para siempre…”
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